Fué de esa ciudad y de ese tiempo con todos sus prejuicios, sus pasiones y su ardor.

Con seguridad no era afectuoso para sus compatriotas. Su genio de anchos pulmones, hecho para el aire libre, despreciaba el arte de cenáculos, el estilo amanerado, el realismo vulgar, el sentimentalismo, la mórbida sutileza. Los trataba rudamente, pero los amaba; no tenía para su patria la indiferencia sonriente de Leonardo.

Lejos de Florencia, lo devoraba la nostalgia[103]. Toda su vida agotó sus esfuerzos en vano para vivir en Florencia. Estuvo con Florencia en las horas trágicas de la guerra, y quiso “volver aunque fuera muerto, ya que no había podido vivo”[104].

Como viejo florentino estaba orgulloso de su sangre y de su raza, más que de su mismo genio[105]. No permitía que se le considerase como a un artista:

“Yo no soy el escultor Michelagniolo, soy Michelagniolo Buonarroti”[106].

Espíritu aristocrático, tenía todos los prejuicios de casta y aun llegaba a decir que “el arte debería ser ejercido por los nobles y no por los plebeyos”[107].

Tenía de la familia un concepto religioso, antiguo, casi bárbaro; le sacrificaba todo, y quería que los demás hicieran lo mismo. Habríase, decía, “vendido por ella como esclavo”[108]. El afecto intervenía muy poco en ello.

En 1515, con motivo del viaje de León X a Florencia, Buonarroto, hermano de Miguel Ángel, fué nombrado comes palatinus y los Buonarroti recibieron el privilegio de poner en sus armas la palla de los Médicis con tres flores de lis y la cifra del Papa.

Despreciaba a sus hermanos, que bien lo merecían. Despreciaba a su sobrino, heredero suyo. Pero en éste, en ellos, respetaba a los representantes de su raza. Esta palabra aparece sin cesar en sus cartas: “...nuestra raza, la nostra gente... sostener nuestra raza... que nuestra raza no muera...”.