Tuvo todas las supersticiones, todos los fanatismos de esta raza dura y fuerte, que fué la arcilla de que se formó su ser. Pero de esta arcilla surgió el fuego que todo lo purifica: el genio.
Quien no crea en el genio, quien no sepa qué es, que mire a Miguel Ángel. Ningún hombre ha sido dominado por el genio como él. Este genio no parecía que fuera de su misma naturaleza. Era un conquistador que se había arrojado sobre él y lo tenía sujeto. Su voluntad no intervenía allí para nada, y, casi se podría decir, tampoco su espíritu ni su corazón. Era una exaltación frenética, una vida formidable en un cuerpo y una alma demasiado débiles para contenerla. Vivía en un furor continuo. El sufrimiento de este exceso de fuerza lo llenaba y lo hacía trabajar, obrar sin descanso, sin una hora de reposo.
“Me agoto trabajando, como ningún hombre lo ha hecho nunca, escribía; no pienso más que en trabajar día y noche”.
Esta necesidad de actividad enfermiza no solamente lo hacía acumular las tareas y aceptar más trabajo del que podía ejecutar: degeneraba en manía; quería esculpir montañas. Si tenía que construir un monumento, perdía años enteros en las canteras, escogiendo los bloques y construyendo caminos para el transporte; quería ser todo: ingeniero, obrero, tallador de piedras; quería hacerlo todo por sí mismo, elevar palacios e iglesias él solo. Era una vida de forzado. No se concedía ni el tiempo necesario para comer y dormir. A cada instante, en sus cartas, aparece esta repetición lamentable:
“Apenas tengo tiempo para comer... No tengo tiempo ni para comer... desde hace doce años la fatiga aniquila mi cuerpo, carezco de lo indispensable... No tengo ni un centavo, estoy desnudo, sufro penas innumerables... Vivo entre penas y miseria... lucho con la miseria...”[109].
Esta miseria era imaginaria. Miguel Ángel era rico, se hizo rico, muy rico[110]. ¿Pero de qué le servía serlo? Vivía como pobre uncido a su tarea, como un caballo de molino. Nadie podía comprender por qué se torturaba así; nadie podía comprender que no estaba en su poder dejar de torturarse, que esto era una necesidad para él. Su mismo padre, que se le parecía en muchos rasgos, se lo reprochaba:
“Tu hermano me ha dicho que vives con gran economía, y hasta de una manera miserable: La economía es buena, pero la miseria es mala; es un vicio que disgusta a Dios y a los hombres, y que perjudicará tu alma y tu cuerpo. Mientras seas joven, podrá pasar; pero cuando no lo seas, las enfermedades y los achaques que haya producido esta vida mala y miserable, saldrán todos a luz. Evita la miseria, vive con moderación, cuida de que no te falte lo necesario, guárdate del exceso de trabajo...”[111].
Pero ningún consejo pudo nada. Nunca consintió en tratarse de una manera más humana. Se alimentaba con un poco de pan y de vino; dormía algunas horas apenas. Cuando estaba en Bolonia, trabajando en la estatua de bronce de Julio II, no tenía más que un lecho para él y sus tres ayudantes[112]. Se acostaba vestido y con las las botas puestas. Una vez se le hincharon las piernas, hubo que cortar las botas, y al quitárselas se le arrancaba la piel de las piernas.