Esta higiene espantosa hizo que constantemente estuviera enfermo como su padre se lo había advertido. Se descubren en sus cartas indicios de catorce o quince enfermedades graves[113]. Tenía calenturas, que lo pusieron más de una vez al borde del sepulcro. Sufría de los ojos, de los dientes, de la cabeza y del corazón[114]. Lo roían las neuralgias, sobre todo cuando dormía; el sueño era para él un sufrimiento. Desde muy temprano fué un viejo. A los cuarenta y dos años, se sentía decrépito[115]. A los cuarenta y ocho años, escribe que si trabaja un día tiene que descansar cuatro[116]. Rehusaba obstinadamente dejarse atender por ningún médico.

Todavía más que su cuerpo, su espíritu sufre las consecuencias de esta vida de trabajo de forzado. El pesimismo lo minaba. Era en él un mal hereditario. En su juventud se fatigaba tranquilizando a su padre, quien parece haber tenido a veces accesos de delirio de persecución[117]. Pero estaba él mismo más enfermo que aquél a quien pretendía tranquilizar. Esta actividad sin tregua, esta fatiga aplastante, sin descanso, lo entregaban indefenso a todas las aberraciones de su espíritu, que temblaba con toda clase de sospechas. Desconfiaba de sus enemigos. Desconfiaba de sus amigos[118]. Desconfiaba de sus padres, de sus hermanos, de su hijo adoptivo, porque tenía sospechas de que esperaban con impaciencia su muerte.

Todo le inquietaba[119]; su propia gente se burlaba de su eterna inquietud[120]. Vivía como él mismo dice “en un estado de melancolía o más bien de locura”[121]. A fuerza de sufrir había acabado por encontrar una especie de gusto en el sufrimiento, una amarga alegría:

“Y más me gusta lo que más me daña”.
E più mi giova dove più mi nuoce[122].

Todo se había hecho para él un motivo de sufrimiento. Hasta el amor[123], hasta el bien[124].

“Mi alegría es la melancolía”.
La mia allegrez’ è la maninconia[125].

Nadie fué menos hecho para la alegría y mejor conformado para el dolor. El dolor era lo único que veía, lo único que sentía en el inmenso universo. Todo el pesimismo del mundo se resume en este grito de desesperación, de una injusticia sublime:

“Mil placeres no valen un tormento”.
Mille piacer non vaglion un tormento[126].