I
LA FUERZA
Davide cholla fromba
e io choll’archo.
Miguel Ángel[150].
Nació el 6 de marzo de 1475 en Caprese, en el Casentino. País áspero, “aire fino”,[151] rocas y bosques de hayas dominando el espinazo del Apenino huesoso. No muy lejos Francisco de Asís vió aparecer al Crucificado sobre el Monte Alvernia.
El padre[152], podestá de Caprese y Chiusi, era un hombre violento, inquieto, “temeroso de Dios”. La madre,[153] murió cuando Miguel Ángel tenía seis años[154]. Fueron cinco hermanos: Lionardo, Miguel Ángel, Buonarroto, Giovan Simone y Sigismondo[155]. Miguel Ángel fué enviado a la casa de su nodriza, la mujer de un tallador de piedras de Settignano; y más tarde, bromeando, atribuía a esta leche su vocación de escultor. Lo mandaron a la escuela y no se ocupó en ella más que de dibujo. “Fué mal visto por esta causa y a menudo cruelmente golpeado por su padre y los hermanos de su padre, que tenían odio para la profesión de artista y consideraban como una vergüenza tener un artista en casa[”[156]. Así aprendió a conocer desde niño la brutalidad de la vida y la soledad del espíritu.
Su obstinación venció a su padre. A los trece años entró como aprendiz en el taller de Domenico Ghirlandajo, el más grande, el más sano de los pintores florentinos. Sus primeros trabajos tuvieron tanto éxito que según se dice, el maestro sintió celos del alumno[157]. Se separaron al cabo de un año.
La pintura lo había disgustado. Aspiraba a un arte más heroico. Pasó a la escuela de escultura que Lorenzo de Médicis sostenía en los jardines de San Marcos[158]. El príncipe se interesó por él; lo alojó en el Palacio y lo admitió en la mesa de sus hijos; el niño se encontró en el corazón del Renacimiento italiano, en medio de colecciones antiguas, en la atmósfera poética y erudita de los grandes Platónicos: Marsilio Ficino, Benivieni, Ángel Policiano. Miguel Ángel se exaltó con estos espíritus; viviendo en un mundo antiguo se hizo un alma antigua; fué un escultor griego. Guiado por Policiano, “quien lo quería mucho”, esculpió El Combate de los Centauros y los Lapitas[159].
Este bajo relieve orgulloso, donde imperan únicamente la fuerza y la belleza impasibles, refleja el alma atlética del adolescente y sus juegos salvajes con sus rudos compañeros.
Iba a la Iglesia del Carmine a dibujar los frescos de Masaccio, con Lorenzo di Credi, Bugiardini, Granacci y Torrigiano dei Torrigiani. Se burlaba de sus camaradas menos hábiles que él. Un día atacó al vanidoso Torrigiani; éste le aplastó la cara de un puñetazo y, más tarde, se alababa de ello contando a Benvenuto Cellini: “Cerré el puño y le di un golpe tan violento en la nariz que sentí los huesos y los cartílagos aplastarse como una oblea. Así lo dejé señalado para toda su vida”[160].