El paganismo no había extinguido la fe cristiana de Miguel Ángel. Los dos mundos enemigos se disputaban su alma.

En 1490 el monje Savonarola comenzó sus inflamadas predicaciones sobre el Apocalipsis. Tenía treinta y siete años y Miguel Ángel quince. Vió al pequeño y endeble predicador devorado por el Espíritu de Dios; se sintió helado de espanto por la voz terrible que desde el púlpito del Duomo lanzaba rayos sobre el Papa y suspendía sobre Italia la espada sangrienta de Dios; Florencia temblaba; la gente corría por las calles llorando y gritando como enloquecida; los más ricos ciudadanos, Ruccellai, Salviati, Albizzi, Strozzi, pedían ingresar en las órdenes monásticas; los sabios, los filósofos, hasta Policiano y Pico de la Mirandola, abdicaban de su razón[161]. El hermano mayor de Miguel Ángel, Lionardo, se hizo dominico[162].

Miguel Ángel no se escapó del contagio del espanto. Cuando se aproximó aquél a quien el Profeta había anunciado, el nuevo Ciro, la espada de Dios, el pequeño monstruo deforme—Carlos VIII, Rey de Francia—fué presa del pánico. Un sueño lo enloqueció.

Un amigo suyo, Cardiere, poeta y músico, vió que se le aparecía una noche la sombra de Lorenzo de Médicis, vestido de harapos, de duelo, semidesnudo; el muerto le ordenó previniese a su hijo Pedro que iba a ser arrojado de su patria y que no retornaría nunca a ella[163]; contó su visión a Miguel Ángel y éste lo convenció para que se la comunicara al Príncipe; pero Cardiere, que tenía miedo a Pedro, no se atrevió. Pocos días después, volvió una mañana a buscar a Miguel Ángel y le dijo, lleno de espanto, que el muerto se le había aparecido de nuevo, con el mismo vestido; y como Cardiere, acostado, lo mirara fijamente en silencio, el fantasma lo abofeteó para castigarlo por no haber obedecido. Miguel Ángel hizo violentos reproches a Cardiere y le obligó a que fuera inmediatamente a pie a la Villa de los Médicis, Careggi, cerca de Florencia. A la mitad del camino, Cardiere encontró a Pedro, lo detuvo e hizo su narración. Pedro se rió estrepitosamente y mandó a sus escuderos que lo apalearan. El Canciller del Príncipe, Bibbiena, le dijo: “Tú estás loco, ¿a quién crees que Lorenzo quiera más, a su hijo o a ti? Si hubiera querido aparecerse lo habría hecho a él y no a ti”. Cardiere, humillado y escarnecido, se volvió a Florencia; hizo saber a Miguel Ángel el fracaso de su intento y lo convenció tan bien de las desgracias que debían caer sobre Florencia, que Miguel Ángel huyó dos días después[164].

Éste fué el primer acceso de los terrores supersticiosos que se reprodujeron más de una vez durante su vida y que se apoderaban de él a pesar de su propia vergüenza.


Huyó hasta Venecia.

Apenas salió de la hornaza de Florencia su sobre-excitación se extinguió. De vuelta en Bolonia, donde pasó el invierno, olvidó totalmente al Profeta y sus profecías[165].