Vuelve a sentir la belleza del mundo; lee a Petrarca, a Bocaccio y a Dante; regresa a Florencia, en la primavera de 1495, durante las fiestas religiosas del Carnaval y las luchas rabiosas de los partidos. Pero esta vez se mantiene tan alejado de las pasiones que en torno suyo se devoran que, a manera de desafío al fanatismo de los savonarolistas, esculpe su famoso Cupido Dormido, que sus contemporáneos tomaron por una obra antigua. No permanece más que algunos meses en Florencia; parte para Roma, y, hasta la muerte de Savonarola, es el más pagano de los artistas. Esculpe el Baco ebrio, el Adonis moribundo y el Cupido grande el mismo año en que Savonarola hace quemar “las Vanidades y los Anatemas”, libros, adornos, obras de arte[166]. Su hermano, el monje Lionardo, sufre persecuciones por su fe en el Profeta. Los peligros se acumulan sobre la cabeza de Savonarola; Miguel Ángel no vuelve a Florencia para defenderlo. Savonarola fué quemado y Miguel Ángel permaneció en silencio[167]. No se halla ninguna huella de este suceso en ninguna de sus cartas.
Miguel Ángel calla, pero esculpe la Piedad: Sobre las rodillas de la Virgen inmortalmente joven, el Cristo muerto está recostado y parece dormir. La severidad del Olimpo flota sobre los rasgos de la diosa pura y del Dios del Calvario; mas hay también una indecible melancolía, que baña estos cuerpos hermosos. La tristeza ha tomado posesión del alma de Miguel Ángel[168].
Y no era únicamente el espectáculo de las miserias y de los crímenes lo que iba a ensombrecerlo. Una fuerza tiránica había entrado en él para no soltarlo ya. Era presa de un furor de genio que ya no le permitió respirar hasta su muerte. Sin ilusiones en la victoria, había jurado vencer para gloria suya y de sus gentes. Toda la carga de su familia pesaba sobre él solo. Lo asediaban con peticiones de dinero. No lo tenía, pero cifraba su orgullo en no rehusarlo jamás; se hubiera vendido él mismo para mandar a los suyos el dinero que reclamaban. Su salud comenzaba a perjudicarse; la mala alimentación, el frío, la humedad, el exceso de trabajo comenzaba a arruinarla, sufría de la cabeza y tenía hinchado un costado[169]. Su padre le reprochaba su manera de vivir, sin creerse él mismo responsable.
“Todas las penas que he sufrido, las he sufrido por usted”, le escribía más tarde Miguel Ángel[170]...
“Todas mis preocupaciones, todas, las tengo por mi amor para usted”[171].
En la primavera de 1501 volvió a Florencia.
Cuarenta años antes se había confiado a Agostino di Duccio un bloque gigantesco de mármol para esculpir en él la figura de un profeta, para la Obra de la Catedral (Opera del Duomo). El trabajo, apenas esbozado, se había quedado interrumpido. Nadie se atrevía a continuarlo. Miguel Ángel se encargó de ello, y de esta roca de mármol hizo surgir el David colosal[172].