Se cuenta que el gonfaloniero Pier Soderini fué a ver la estatua que había encargado a Miguel Ángel y le hizo algunas observaciones para exhibir su buen gusto. Criticó lo grueso de la nariz. Miguel Ángel se subió sobre el andamiaje, tomó un cincel y un poco de polvo de mármol y, moviendo ligeramente el cincel, hizo caer poco a poco el polvo; pero se cuidó muy bien de tocar la nariz y la dejó como estaba. Después, volviéndose hacia el gonfaloniero, le dijo:

—Mirad ahora.

—Ahora, dijo Soderini, me gusta mucho más. Le habéis dado vida.

Entonces Miguel Ángel bajó y se rió silenciosamente[173]. Este mismo desprecio silencioso parece adivinarse en la obra. Es la fuerza tumultuosa en reposo. Está llena de desdén y de melancolía. Se ahoga entre las paredes de un museo. Necesita el aire libre, “la luz sobre el lugar de su colocación”, como decía Miguel Ángel[174].

El 25 de enero de 1504 una comisión de artistas de la cual formaban parte Filippino Lippi, Botticelli, Perugino y Leonardo de Vinci, deliberaron sobre el sitio en que se debía colocar el David. A petición de Miguel Ángel decidieron instalarlo frente al Palacio de la Señoría[175]. El transporte de esta masa enorme fué confiado a los arquitectos de la Catedral. El 14 de mayo por la tarde se hizo salir del cobertizo de tablas donde estaba instalado al coloso de mármol, demoliendo la pared arriba de la puerta. En la noche, gente del pueblo arrojó piedras contra el David, con intenciones de romperlo. Hubo necesidad de vigilarlo. La estatua avanzaba lentamente, ligada, derecha y suspendida de tal manera que se balanceaba libremente sin chocar con el suelo. Se necesitaron cuatro días para llevarla del Duomo al Palacio Viejo. El 18, al medio día, llegó al sitio designado. Se continuó la vigilancia alrededor de la estatua por las noches, pero a pesar de todas las precauciones, una tarde fué lapidada[176].

Así era ese pueblo florentino que algunas veces se presenta al nuestro como modelo[177].


En 1504 la Señoría de Florencia puso frente a frente a Miguel Ángel y a Leonardo de Vinci.

No se amaban estos dos hombres. Su soledad común hubiera debido aproximarlos. Si se sentían alejados del resto de los hombres, lo estaban más todavía el uno del otro. El más aislado de los dos era Leonardo. Tenía 52 años, 20 más que Miguel Ángel. Desde la edad de 30 años había salido de Florencia, cuyas ásperas pasiones eran intolerables para su naturaleza delicada, un poco tímida, y su inteligencia serena y escéptica, abierta para todo y que todo comprendía. Este gran dilettante, este hombre absolutamente libre y absolutamente solo, estaba tan desligado de la patria, de la religión, del mundo entero, que no se hallaba bien más que cerca de los tiranos, libres de espíritu como él. Obligado a salir de Milán en 1499, por la caída de su protector Ludovico el Moro, había entrado al servicio de César Borgia en 1502; y el fin de la carrera política del Príncipe, en 1503, lo hizo volver a Florencia. Allí, su sonrisa irónica se encontró en presencia del sombrío y febril Miguel Ángel y lo exasperó. Miguel Ángel, íntegro en sus pasiones y en su fe, odiaba a los enemigos de sus pasiones y de su fe, pero odiaba mucho más a los que no tenían nada de pasión ni eran de ninguna fe. Mientras más grande era Leonardo, más aversión sentía Miguel Ángel por él y no desperdiciaba ocasión de manifestársela.