Leonardo era un hombre de bella figura, de modales atractivos y distinguidos. Vagaba un día con un amigo por las calles de Florencia; vestía una túnica rosa que le caía hasta las rodillas; sobre su pecho flotaba su barba bien peinada en bucles y arreglada con arte. Cerca de Santa Trinidad conversaban algunos burgueses; discutían unos versos del Dante. Llamaron a Leonardo y le pidieron que les explicara el sentido de dichos versos. Miguel Ángel pasaba en aquellos instantes. Leonardo dijo: “Miguel Ángel explicará los versos de que habláis”. Miguel Ángel, creyendo que quería burlarse, replicó amargamente: “Explícalos tú mismo, tú que has hecho el modelo de un caballo de bronce[178], y que no fuiste capaz de fundirlo, sino que para vergüenza tuya te detuviste en el camino”. Después de lo cual volvió la espalda al grupo y continuó su paseo. Leonardo se quedó allí mismo y enrojeció: y Miguel Ángel, no satisfecho todavía y ardiendo en deseos de ofenderlo, gritó: “¡Y esos tales de milaneses que te creían capaz de semejante obra!”[179].

Así eran los dos hombres que el gonfaloniero Soderini puso en competencia en una obra común: la decoración de la Sala del Consejo en el Palacio de la Señoría. Fué un combate singular entre las dos más grandes fuerzas del Renacimiento. En mayo de 1504 Leonardo comenzó el cartón de la Batalla de Anghiari[180]. En agosto de 1504, Miguel Ángel recibió el encargo de pintar la Batalla de Cascine[181]. Florencia se dividió en dos bandos, por el uno y el otro. El tiempo ha igualado todo y las dos obras han desaparecido[182].


En marzo de 1505, Miguel Ángel fué llamado a Roma por Julio II. Entonces comenzó el período heroico de su vida.

Los dos violentos y grandiosos, el Papa y el artista, estaban hechos para entenderse, cuando no chocaban el uno contra el otro con furor. Sus cerebros hervían con proyectos gigantescos. Julio II quería mandarse construir una tumba digna de la Roma antigua. Miguel Ángel se inflamó con esta idea de orgullo imperial y concibió un proyecto babilónico, una montaña de arquitectura, con más de cuarenta estatuas de dimensiones colosales. El Papa, entusiasmado, lo envió a Carrara para hacer tallar en las canteras todo el mármol necesario. Miguel Ángel permaneció más de ocho meses en las montañas, presa de una exaltación sobrehumana. “Un día que viajaba por la región a caballo, vió un monte que dominaba la costa; lo asaltó el deseo de esculpirlo todo entero, de transformarlo en un coloso visible desde lejos para los navegantes. Y lo habría hecho si hubiera tenido tiempo y si se lo hubieran permitido”[183].

En diciembre de 1505 volvió a Roma, donde comenzaron a llegar por mar los bloques de mármol que había escogido.

Fueron transportados a la plaza de San Pedro, a espaldas de Santa Catarina, donde habitaba Miguel Ángel. “La masa de piedras era tan grande que provocaba el estupor de las gentes y la alegría del Papa”.

Miguel Ángel se puso a trabajar. El Papa, en su impaciencia, iba a verlo sin cesar y “lo trataba tan familiarmente como si hubiera sido su hermano”. Para ir más cómodamente hizo construir un puente levadizo que le aseguraba un paso secreto, del corredor del Vaticano a la casa de Miguel Ángel.