Pero este favor no duró. El carácter de Julio II, no era menos trepidante que el de Miguel Ángel. Se apasionaba sucesivamente por los proyectos más diversos. Le pareció más a propósito otro plan para eternizar su gloria; quiso reedificar la Catedral de San Pedro. Para ello lo impulsaban los enemigos de Miguel Ángel que eran muchos y poderosos; encabezados por un hombre de genio igual al de Miguel Ángel y de una voluntad más fuerte: Bramante de Urbino, arquitecto del Papa y amigo de Rafael. No podía existir simpatía entre la razón soberana de los dos grandes hijos de la Umbría y el genio salvaje del florentino; pero si se decidieron a combatirlo, fué sin duda porque él los había provocado[184]. Miguel Ángel criticaba imprudentemente a Bramante, y con razón o sin ella, lo acusaba de malversaciones en sus trabajos[185]. Bramante decidió inmediatamente arruinarlo.

Lo privó del favor del Papa. Se aprovechó de las supersticiones de Julio II, recordándole la creencia popular según la cual es mal presagio mandarse construir en vida su propia tumba. Logró que ya no se interesara por los proyectos de su rival, substituyéndolos con los suyos. En enero de 1506, Julio II se decidió a reconstruir San Pedro; la tumba fué abandonada; Miguel Ángel se encontró no solamente humillado, sino con deudas por los gastos que había hecho para la obra[186]. Se quejó amargamente. El Papa le cerró sus puertas y como él volviera a la carga, Julio II lo mandó arrojar del Vaticano por uno de sus palafreneros.

Un obispo de Lucques, que presenciaba la escena, dijo al palafrenero:

—Pero ¿no lo conoces?

El palafrenero, dijo a Miguel Ángel:

—Perdonadme, señor, pero he recibido esta orden y tengo que ejecutarla.

Miguel Ángel volvió a su casa y escribió al Papa: “Santo Padre, he sido arrojado del Palacio esta mañana por orden de Vuestra Santidad. Os hago saber que desde hoy, si tenéis necesidad de mí, podéis mandarme buscar en todas partes menos en Roma”.

Envió la carta, llamó a un mercader y a un tallador de piedras que se alojaban en su casa, y les dijo:

“Buscad un judío, vended todo lo que hay en mi casa y venid a Florencia”.