Después montó a caballo y partió[187]. Cuando el Papa recibió la carta, despachó a cinco jinetes, que lo alcanzaron cerca de las once de la noche, en Poggibonsi, y le entregaron la orden siguiente: “Inmediatamente que recibas esta orden volverás a Roma, bajo pena de incurrir en nuestra desgracia”. Miguel Ángel replicó que volvería cuando el Papa cumpliera sus compromisos, porque si no, Julio II no debía esperar volver a verlo jamás[188].

Dirigió al Papa este soneto:[189].

“Señor, si algún proverbio antiguo es cierto, es el que dice que el que puede nunca quiere. Tú has creído fábulas y murmuraciones y has recompensado al enemigo de la verdad. ¡Yo soy y he sido tu bueno y viejo servidor, y te soy adicto como los rayos al sol!... ¡mi tiempo perdido no te aflija! que mientras más me esfuerzo menos te complazco. Yo había esperado engrandecerme con tu grandeza, y que mis únicos jueces fueran la balanza justa y la espada poderosa, y no el eco de la mentira. Pero el cielo se mofa de la virtud, cuando la coloca en este mundo, si debe la virtud coger los frutos de un árbol seco”[190].

La afrenta que recibió de Julio II no fué la única razón que hizo a Miguel Ángel emprender la fuga. En una carta a Giuliano da San Gallo deja entender que Bramante quería mandarlo asesinar[191].

Una vez que salió Miguel Ángel, Bramante se quedó dueño del campo, y al día siguiente de la fuga de su rival mandó poner la primera piedra de San Pedro[192]. Su rencor implacable se encarnizó contra la obra del escultor y procuró arruinarla para siempre. Hizo que el populacho saqueara los talleres de la plaza de San Pedro, donde estaban los bloques de mármol para la tumba de Julio II[193].

Pero el Papa, rabioso por la rebelión de su escultor, enviaba una orden tras otra a la Señoría de Florencia, donde Miguel Ángel se había refugiado. La Señoría mandó comparecer a Miguel Ángel, y le dijo: “Has hecho al Papa una jugada como el mismo rey de Francia no se la hubiera hecho. No queremos comprometernos por causa tuya en una guerra con él; así es que debes volver a Roma. Nosotros te daremos unas cartas en tal forma, que cualquier injusticia en contra tuya sería también contra la Señoría”[194].

Miguel Ángel se resistía tercamente y ponía condiciones. Exigía que Julio II lo dejara hacer la tumba, en la inteligencia de que ya no trabajaría en Roma, sino en Florencia. Cuando Julio II salió a la guerra contra Perusa y Bolonia[195], y sus intimaciones se hicieron más amenazadoras, Miguel Ángel pensó en irse a Turquía, donde el Sultán le ofreció, por conducto de los franciscanos, que fuera a Constantinopla para construir un puente en Pera[196].

Al fin fué necesario ceder, y en los últimos días de noviembre de 1506 fué, aunque de mala gana, a Bolonia, donde Julio II, vencedor, acababa de entrar por la brecha.

“Miguel Ángel había ido una mañana a oír misa a San Petronio. El palafrenero del Papa advirtió su presencia, lo reconoció y lo condujo ante Julio II, quien estaba en la mesa en el Palacio de los Diez y Seis. El Papa, irritado le dijo:

“Tú debías haber ido a buscarnos (a Roma) y has esperado que nosotros viniéramos a encontrarte (en Bolonia)”.