Miguel Ángel se arrodilló y pidió perdón en voz alta, diciendo que no había obrado por malicia sino por irritación porque no había podido soportar ser arrojado como lo había sido. El Papa permanecía sentado con la cabeza baja y la cara inflamada de cólera, cuando un obispo a quien Soderini había enviado para que tomara la defensa de Miguel Ángel, quiso interponerse, y dijo: “Tenga a bien Vuestra Santidad no conceder atención a sus tonterías; ha pecado por ignorancia. Fuera de su arte, todos los pintores son lo mismo”. El Papa, furioso, exclamó: “Le estás diciendo una grosería que nosotros no hemos dicho. El ignorante eres tú... Vete y que el diablo te lleve”, y como no se iba, los servidores del Papa lo arrojaron a puñetazos. Entonces, habiendo descargado su cólera sobre el Obispo, el Papa mandó a Miguel Ángel que se acercara y lo perdonó[197].

Desgraciadamente, para hacer las paces con Julio II fué necesario pasar por todos sus caprichos, y la voluntad todopoderosa había cambiado de nuevo. Ya no se trataba de la tumba, sino de una estatua colosal de bronce que quería mandarse construir en Bolonia. Miguel Ángel protestó en vano diciendo “que él no conocía nada de la fundición del bronce”. Fué necesario aprenderla mediante un trabajo encarnizado. Habitaba un mal cuarto con una sola cama donde se acostaba con sus dos ayudantes florentinos, Lapo y Ludovico, y con su fundidor, Bernardino. Quince meses se pasaron entre molestias de todos géneros. Tuvo que reñir con Lapo y Ludovico, quienes lo robaban.

“Este pillo de Lapo, escribió a su padre, daba a entender a todos que él y Ludovico eran los que hacían toda la obra, o al menos que la hacían en colaboración conmigo. No le podía caber en la cabeza que él no era el amo hasta el instante en que lo despedí; entonces, por primera vez, advirtió que estaba a mi servicio. Lo arrojé como a un animal”[198].

Lapo y Ludovico se lamentaron ruidosamente: propagaron en Florencia calumnias contra Miguel Ángel, y lograron sacarle dinero a su padre con el pretexto de que el escultor les había robado.

Después fué el fundidor, cuya incapacidad se reveló.

“Había creído que el maestro Bernardino era capaz de fundir hasta sin fuego; tanta fe tenía yo en él”.

En junio de 1507 fracasó el trabajo de fundición. La figura no salió más que hasta la cintura. Fué necesario volver a empezarlo todo, Miguel Ángel permaneció ocupado en esta obra hasta febrero de 1508, y estuvo a punto de perder en ella la salud.

“Apenas tengo tiempo de comer, escribe a su hermano... Vivo con la mayor incomodidad y con grandes penas; sólo pienso en trabajar día y noche; he tenido tales sufrimientos y los tengo todavía, que creo que si tuviera que hacer otra vez la estatua, no me alcanzaría la vida; éste ha sido un trabajo de gigante”[199].

El resultado fué miserable, comparado con tales fatigas. La estatua de Julio II, elevada en febrero de 1508 frente a la fachada de San Petronio, no permaneció allí más que cuatro años. En diciembre de 1511 fué destruida por el bando de los Bentivoglio, enemigos de Julio II; y Alfonso de Este compró los restos para hacer un cañón.