II
LA FUERZA QUE SE ROMPE

Roct’è l’alta colonna[212].

Miguel Ángel salió de este trabajo de Hércules, glorioso y aniquilado. Por haber tenido, durante varios meses, la cabeza hacia atrás, para pintar la bóveda de la Sixtina, “se había lastimado la vista de tal modo, que por mucho tiempo no pudo leer una carta, o mirar un objeto, sino levantándolos por encima de su cabeza, para verles mejor”[213].

Él mismo se burlaba de sus achaques:

“La fatiga me ha hinchado, como el agua a los gatos de Lombardía. Mi vientre apunta hacia la barba; la barba se endereza hacia el cielo; mi cráneo se apoya en la espalda y mi pecho parece de harpía; el pincel, chorreando sobre mi cara, le dejó una decoración muy pintoresca. Los lomos se me han hundido dentro del cuerpo y el trasero me sirve de contrapeso. Camino al azar, sin poder verme los pies. Mi piel se estira por delante y se arruga por detrás; estoy convertido en un arco sirio. Mi inteligencia es tan bizarra como mi cuerpo, porque no puede dar mucho de sí una caña torcida...”[214].

Es preciso no engañarse con este buen humor. Miguel Ángel sufría por ser feo. Para un hombre como él, enamorado más que nadie de la belleza física, la fealdad era una vergüenza[215]. Se descubren indicios de esta humillación en algunos de sus madrigales[216]. Su pena era más profunda, porque toda su vida fué devorado por el amor; y no parece que alguna vez fuera correspondido. Por eso se replegaba en sí mismo y confiaba a la poesía su ternura y sus penas.

Desde la infancia componía versos; esto era para él una necesidad imperiosa. Llenaba sus dibujos, sus cartas, sus hojas sueltas, con pensamientos escritos que reformaba sin cesar. Desgraciadamente, en 1518, quemó la mayor parte de sus poesías de juventud; otras fueron destruidas antes de su muerte. Lo poco que nos queda, basta sin embargo para evocar sus pasiones[217].