De vuelta en Florencia, se consumía esperando la llegada de los cargamentos de mármol; pero el Arno estaba seco y los barcos no podían subir el río con los bloques.
Al fin llegaron. ¿Podrá trabajar ahora?—No. Vuelve a las canteras. Se obstina en no comenzar antes de haber reunido, como antes para la tumba de Julio II, toda una montaña de mármol. Retrocede cuando llega el instante de empezar; parece que tiene miedo. ¿No habrá prometido demasiado? ¿No se habrá comprometido de una manera temeraria en este trabajo de arquitectura? Éste no es su oficio: ¿dónde pudo haberlo aprendido? Y ahora no puede avanzar ni retroceder.
Todas sus fatigas no le bastan ni para asegurar el transporte de los mármoles. De seis columnas monolíticas enviadas a Florencia, cuatro se rompieron en el camino y otra en la misma Florencia. Sus obreros lo engañaban.
Al fin, el Papa y el Cardenal de Médicis se impacientaron por tanto tiempo precioso, inútilmente perdido entre las canteras y los caminos fangosos. El 10 de marzo de 1520, un breve del Papa desligó a Miguel Ángel del contrato de 1518 para la fachada de San Lorenzo. Miguel Ángel no recibió más aviso que la llegada a Pietrasanta de los equipos de obreros enviados para reemplazarlo. Se sintió cruelmente agraviado.
“No tomo en cuenta al cardenal, dijo, los tres años que he perdido aquí. No le tomo en cuenta que me he arruinado por esta obra de San Lorenzo. No le tomo en cuenta la gran afrenta que se me hace encargándome esta obra y retirándomela después sin saber siquiera por qué. No le tomo en cuenta todo lo que he perdido y todo lo que he gastado... Y ahora, el asunto puede resumirse así: el Papa se queda con la cantera y con los bloques tallados, y yo con el dinero que tengo en mano: ¡500 ducados, y se me devuelve mi libertad!”[240].
No era a sus protectores a quienes Miguel Ángel debía acusar, sino a sí mismo, y él bien lo sabía. Éste era su mayor dolor. Luchaba en contra de sí mismo. De 1515 a 1520, en la plenitud de su fuerza y desbordante de genio, ¿qué había hecho?
El insignificante Cristo de la Minerva; ¡una obra de Miguel Ángel donde no está Miguel Ángel! Y ni esto siquiera pudo acabar[241].
De 1515 a 1520, en estos últimos años del gran Renacimiento, antes de los cataclismos que iban a dar fin a la primavera de Italia, Rafael había pintado las Loggias, la Sala del Incendio, la Farnesiana, obras maestras de todos los géneros; había edificado la Villa Madame, dirigido la construcción de San Pedro, las exploraciones, las fiestas, los monumentos; había gobernado el arte, fundado una escuela numerosa y había muerto en medio de su trabajo y de su triunfo[242].