Terminada la Sixtina y muerto Julio II[228], Miguel Ángel volvió a Florencia y reanudó el proyecto que tanto le interesaba: la tumba de Julio II. Se comprometió por contrato a hacerla en siete años[229]. Durante tres años se consagró casi exclusivamente a este trabajo[230]. En este período relativamente tranquilo—período de madurez melancólica y serena, en el cual se apaciguan las furias hirvientes de la Sixtina, como un océano que se calma y vuelve a su lecho—Miguel Ángel produjo sus obras más perfectas, las que realizan mejor el equilibrio de sus pasiones y de su voluntad: el Moisés y los Esclavos del Louvre[231].

Pero no fué más que un instante: el curso tempestuoso de su vida continuó casi inmediatamente. Volvió a caer entre las sombras.

El nuevo Papa, León X, quiso separar a Miguel Ángel de la tarea de glorificación de su predecesor, y dedicarlo al triunfo de su propia estirpe. Era para él una cuestión de orgullo más que de simpatía, porque su espíritu epicúreo no podía comprender el genio triste de Miguel Ángel[232]; todos sus favores eran para Rafael. Pero el hombre de la Sixtina era una gloria italiana; León X quiso domesticarlo.

Ofreció a Miguel Ángel que construyera la fachada de San Lorenzo, la iglesia de los Médicis, en Florencia. Miguel Ángel, estimulado por su rivalidad con Rafael, quien se había aprovechado de su ausencia para llegar a ser en Roma el soberano del arte[233], se dejó arrastrar en esta nueva tarea, que le era materialmente imposible cumplir sin descuidar la anterior, y que debía ser para él una causa de tormentos sin fin. Trataba de convencerse de que podía seguir adelante con la tumba de Julio II y la fachada de San Lorenzo. Esperaba descargarse de la mayor parte del trabajo buscando un ayudante, para no ejecutar él mismo más que las estatuas principales. Pero, según su costumbre, se embriagó poco a poco con su proyecto, y muy pronto no soportó ya compartir con nadie este honor. Más aún, temía que el Papa quisiera retirarle la obra, y suplicó a León X que lo sujetara con esta nueva cadena[234].

Naturalmente, le fué imposible continuar el monumento de Julio II. Pero lo más triste fué que tampoco llegó a elevar la fachada de San Lorenzo. No le bastaba con rechazar toda colaboración; por su terrible manía de hacerlo todo personalmente, en lugar de quedarse en Florencia y trabajar su obra, fué a Carrara para vigilar la extracción de los bloques. Allí tropezó con dificultades de toda clase. Los Médicis querían utilizar las canteras de Pietrasanta, recientemente adquiridas por Florencia, en vez de las de Carrara. Por haber tomado el partido de los de Carrara, Miguel Ángel fué acusado injuriosamente por el Papa de haberse vendido[235], y por haber tenido que obedecer las órdenes del Papa, fué perseguido por los Carraras, quienes se entendieron con los marineros ligures, y no encontró un solo barco de Génova a Pisa para transportar sus mármoles[236]. Tuvo que construir un camino, en parte sobre pilotes, a través de las montañas y de los llanos pantanosos. La gente de la comarca no quería contribuir para los gastos del camino. Los trabajadores no entendían absolutamente su cometido. Las canteras eran nuevas, los obreros eran nuevos. Miguel Ángel gemía:

“He intentado resucitar muertos, queriendo domar estas montañas y traer el arte aquí”[237]. Se mantenía firme, sin embargo. “Lo que he prometido, lo cumpliré, a pesar de todo: haré la obra más bella que se haya hecho en Italia, si Dios me asiste”.

¡Cuánta fuerza, entusiasmo y genio perdidos en vano! A fines de septiembre de 1518, cayó enfermo en Seravezza, de fatiga y de hastío. Comprendía que su salud y sus ensueños se gastaban en esta vida de obrero. Tenía la obsesión de comenzar al fin su trabajo y la angustia de no poder hacerlo. Estaba asediado por otros compromisos que no podía satisfacer[238].

“Muero de impaciencia porque mi adverso destino no me permite hacer lo que quisiera. Muero de dolor, me siento como si fuera un tramposo, aunque no sea mía la culpa”[239]...