En una larga poesía de carácter íntimo, una especie de confesión[223], que es difícil citar exactamente, Miguel Ángel describe, con una singular crudeza de expresión, sus angustias de amor.

“Cuando estoy un día sin verte, no puedo hallar la paz en ningún sitio; cuando te veo, eres para mí como la comida para el hambriento... Cuando tú me sonríes o me saludas en la calle, ardo como pólvora... Cuando me hablas, mi rostro se enrojece, pierdo la voz y se apaga súbitamente mi gran deseo...”[224].

Y después, estos gemidos de dolor:

“¡Ah, qué pena infinita siente mi corazón cuando recuerdo que aquélla a quien yo amo no me ama...! ¿Cómo seguiré viviendo?...”.

...Ahi, che doglia’nfinita
Sente’l mio cor, quando li torna a mente,
Che quella ch’io tant’amo amor non sente!
Come restero’n vita?...
[225].

Y estas líneas escritas después de sus estudios para la Madona de la Capilla Médicis:

“Me quedo solo, ardiendo entre la sombra, cuando el sol priva al mundo de sus rayos. Todos se regocijan, y yo sufro, postrado en tierra, gimiendo y llorando”[226].

El amor no aparece en las poderosas esculturas y pinturas de Miguel Ángel; en ellas sólo expresa sus pensamientos heroicos, como si se avergonzara de manifestar ahí las debilidades de su corazón. Sólo a la poesía se ha confiado. Aquí es donde hay que buscar el secreto de este corazón, tímido y tierno bajo su ruda corteza:

Amando, a che son nato?

“Yo amo: ¿para qué he nacido?”[227].