“Venderé, haré lo que sea posible para llegar a esta restitución”. O bien que se le permitiera consagrarse enteramente al monumento de Julio II: “deseo más salir de esta obligación, que vivir”.
Con el pensamiento de que sin Clemente VII, quedaría abandonado a la persecución de sus enemigos, lloraba y se desesperaba como un niño:
“Si el Papa me deja así, no podré permanecer en este mundo... No sé lo que escribo, tengo la cabeza completamente perdida...”[251].
Clemente VII que no tomaba muy en serio esta desesperación de artista, insistía para que no se interrumpiera el trabajo de la Capilla de los Médicis. Sus amigos no comprendían estos escrúpulos y le aconsejaban que no se pusiera en ridículo rehusando la pensión. Uno de ellos le reprochaba con viveza haber obrado irreflexivamente, y le rogaba que en lo futuro no se entregara a sus caprichos[252]. Otro le escribía:
“Se me dice que habéis rehusado vuestra pensión, abandonado vuestra casa y suspendido vuestro trabajo; esto me parece un acto de locura. Amigo mío, compadre, de esta manera dais gusto a vuestros enemigos... no os ocupéis más de la tumba de Julio II, y tomad la pensión porque os la dan con buena voluntad”[253].
Miguel Ángel se obstinaba. La Tesorería Pontificia le cogió la palabra y suprimió la pensión. El desgraciado, reducido a la desesperación, tuvo que volver a pedir algunos meses más tarde lo mismo que había rehusado. Primero lo hizo tímidamente, con vergüenza:
“Mi querido Giovanni, puesto que la pluma es siempre más atrevida que la lengua, os escribo lo que he querido deciros varias veces en estos días y que no he tenido el valor de expresar de viva voz: ¿Puedo contar todavía con la pensión...? Si estuviera seguro de no recibirla no cambiaría por esto mi disposición, ni dejaría de trabajar para el Papa tanto como pudiera, pero arreglaría mis asuntos según esta situación”[254].
Luego, obligado por la necesidad vuelve a la carga:
“Después de haber reflexionado bien, he comprendido cuánto interesa al Papa esta obra de San Lorenzo; y puesto que S. S. me ha concedido una pensión con el designio de que yo tenga más comodidad para servirlo prontamente, sería retrasar el trabajo no aceptarla; así, pues, he cambiado de opinión y si hasta ahora no pedía esta pensión, ya la pido por más razones de las que puedo escribir... ¿Quiere usted dármela, haciéndola contar desde el día en que me fué concedida? Decidme desde qué momento preferís que la reciba”[255].
Para darle una lección, no le hicieron caso. Dos meses más tarde no había recibido nada, y después tuvo que reclamar la pensión varias veces.