Trabajaba en medio de sus tormentos. Se quejaba de que sus preocupaciones fueran estorbo para su imaginación...: “Los disgustos pueden mucho sobre mí... no se puede trabajar con las manos en una cosa y con la cabeza en otra; sobre todo en escultura. Se dice que todo esto sirve para aguijonearme; pero yo respondo que estos son malos aguijones que incitan a retroceder. Hace más de un año que no he recibido la pensión y lucho con la miseria; estoy muy solo en medio de mis penas, y tengo tantas que me ocupan más que el arte; no tengo recursos para buscar alguien que me ayude”[256].
Clemente VII se manifestaba algunas veces conmovido por sus sufrimientos y le enviaba expresiones de afectuosa simpatía. Le aseguraba su favor mientras viviera[257]. Pero la incurable frivolidad de los Médicis era más poderosa, y en vez de aliviarlo de una parte de sus trabajos le hacía nuevos encargos; entre otros el de un absurdo Coloso cuyo cabeza debía ser un campanario, y el brazo una chimenea. Miguel Ángel tuvo que ocuparse algún tiempo en este proyecto extravagante[258].
Tenía que estar en constantes dificultades con sus obreros, sus albañiles y sus carreteros, quienes intentaban hacerse apóstoles precursores de la jornada de ocho horas[259].
Al mismo tiempo, sus disgustos domésticos no dejaban de aumentar. Su padre se hacía más irritable y más injusto con la edad; un día creyó conveniente escaparse de Florencia, acusando a su hijo de haberlo arrojado. Miguel Ángel le escribió esta carta admirable[260]:
“Muy querido padre: Me ha sorprendido mucho ayer no encontraros en la casa, y ahora que sé que os quejáis de mí y que decís que yo os he arrojado, me sorprendo mucho más. Desde el día en que nací hasta ahora, estoy seguro de no haber tenido ninguna intención de hacer nunca cosa grande o pequeña que os disguste. Todas las penas que he soportado, las he soportado siempre por vuestro amor. Siempre he tomado vuestro partido... todavía hace pocos días os dije y os prometí consagraros todas mis fuerzas, y os lo prometo de nuevo. Estoy estupefacto de que hayáis olvidado esto tan pronto. Desde hace treinta años me habéis puesto a prueba, vos y vuestros hijos, y sabéis que siempre he sido bueno para vosotros, tanto como podía, en pensamiento y en acción. ¿Cómo podéis andar diciendo en todas partes que yo os he arrojado? ¿No comprendéis la mala reputación que esto me forma? No me faltaba más que esto, con todas las preocupaciones que tengo; y todas estas preocupaciones las tengo por vuestro amor. ¡Bien me recompensáis!... Pero de todos modos, quiero persuadirme de que nunca he dejado de causaros vergüenza y perjuicios, y os pido perdón como si lo hubiera hecho. Perdonadme como a un hijo que siempre ha tenido mala conducta y que os ha hecho todo el mal que puede hacerse en este mundo. Una vez más os lo suplico; perdonadme como a un miserable que soy: pero no me deis la reputación de que os he arrojado, porque mi reputación me importa más de lo que creéis. A pesar de todo, soy vuestro hijo”.
Tanto amor y tanta humildad sólo desarmaban por un instante el agrio espíritu del viejo. Algún tiempo después, decía que su hijo lo robaba. Miguel Ángel, empujado hasta el extremo, le escribió[261]:
“Ya no sé lo que queréis de mí. Si os pesa que yo viva, habéis encontrado un buen medio para libraros de mí y muy pronto os encontraréis en posesión de las llaves del tesoro que pretendéis que yo guardo. Y haréis bien, porque todos saben en Florencia que sois un hombre inmensamente rico, que yo siempre os he robado, y que merezco un castigo; recibiréis altas alabanzas... decid y gritad de mí todo lo que queráis, pero ya no me escribáis, porque así no puedo trabajar. Me obligáis a recordaros todo lo que habéis recibido de mí, desde hace veinticinco años. Yo no quería decirlo, pero al fin me veo obligado... tened cuidado... no se muere uno más que una vez y después ya no se vuelve para reparar las injusticias que se han hecho. Habéis esperado hasta la víspera de la muerte para hacerlas. ¡Que Dios os ayude!”
Éste era el auxilio que encontraba entre los suyos.
“¡Paciencia!”, escribía en una carta a un amigo. “Que Dios no permita que lo que a él no le disgusta me disguste a mí”[262].