[263] La misma carta, de junio de 1526, dice que estaba comenzada una estatua, lo mismo que cuatro alegorías de los sarcófagos y la Madona.

III
LA DESESPERACIÓN

Oilmè, Oilmè, ch’i’ son tradito...[264].

Una repugnancia de todas las cosas y de sí mismo lo empujó a la revolución, iniciada en Florencia en 1527.

Miguel Ángel hasta entonces había puesto en los negocios políticos la misma indecisión de espíritu de que era víctima en su vida y en su arte. Nunca llegó a conciliar sus sentimientos personales con sus obligaciones para con los Médicis. Este genio violento fué siempre tímido en la acción; no se atrevía a luchar contra las potencias de este mundo en el terreno político ni en el religioso. Sus cartas lo muestran siempre inquieto por sí y por los suyos; temeroso de comprometerse, desmintiendo las palabras audaces que alguna vez pronunciara, en el primer movimiento de indignación contra cualquier acto de la tiranía[265]. Con frecuencia escribe a sus familiares que tengan cuidado, que guarden silencio y huyan a la primera alarma:

“Obrad como en tiempo de peste, sed los primeros en huir... la vida vale más que la fortuna. Vivid en paz, no os forméis ni un enemigo ni os confiéis a nadie, excepto a Dios, y no habléis mal ni bien de nadie, porque no se conoce el fin de las cosas; ocupaos solamente de vuestros asuntos... no os mezcléis en nada”[266].

Sus hermanos y sus amigos se burlaban de sus inquietudes y lo trataban de loco[267]. “No te burles de mí, respondía Miguel Ángel entristecido, no debe uno burlarse de nadie”[268]. En efecto, el temor perpetuo de este gran hombre no debe ser motivo de risa, sino más bien de compasión, por sus nervios miserables que lo hacían juguete de sus terrores, contra los cuales luchaba sin poder dominarlos. Más bien era meritorio salir de estos accesos humillantes, y obligar a su cuerpo y a su pensamiento enfermos, a afrontar el peligro, que en el primer impulso lo empujaba a huir. Por lo demás, tenía más razones para temer que ningún otro, porque era más inteligente y su pesimismo preveía con toda claridad las desgracias de Italia. Mas, para que con su timidez natural se dejara arrastrar en la revolución florentina, fué preciso que estuviera en una exaltación desesperada que lo obligó a descubrir el fondo de su alma. Esta alma tan tímidamente replegada sobre sí misma era ardientemente republicana. Esto se ve en las palabras llameantes que se le escaparon algunas veces en momentos de confianza o de fiebre, particularmente en las conversaciones que tuvo más tarde[269] con sus amigos Luigi del Riccio, Antonio Petreo y Donato Giannotti[270], y que este último reprodujo en sus Diálogos sobre La Divina Comedia del Dante[271]. Los amigos se admiraban de que Dante hubiera puesto a Bruto y a Casio en el último grado del infierno y a César encima. Interrogado Miguel Ángel, hizo la apología del tiranicidio:

“Si habéis leído atentamente los primeros cantos, dice, habréis visto que Dante conocía muy bien la naturaleza de los tiranos y que ha sabido qué castigo merecen recibir de Dios y de los hombres. Los coloca entre los ‘violentos contra el prójimo’, castigados en el séptimo círculo, hundiéndolos en sangre hirviente. Si Dante ha reconocido esto, es imposible admitir que no haya reconocido que César fué tirano de su patria y que Bruto y Casio lo asesinaron con justicia, porque el que mata a un tirano no mata a un hombre sino a una bestia con figura humana. Todos los tiranos carecen del amor que debe sentirse naturalmente para el prójimo; están privados de inclinaciones humanas, no son, pues, hombres, sino bestias; que no tienen ningún amor para el prójimo, es la evidencia misma; de otro modo no habrían tomado lo que pertenece a los demás y no habrían llegado a ser tiranos que pisotean a los hombres. Es claro, por lo tanto, que quien mata a un tirano no comete un asesinato, porque no mata a un hombre sino a una bestia. Así, Bruto y Casio no cometieron un crimen asesinando a César. Primero, porque mataron a un hombre que todo ciudadano romano tenía obligación de matar según lo mandaban las leyes. Segundo, porque no mataron a un hombre sino a una bestia con figura humana”[272].