Miguel Ángel se encontró en la primera fila de los rebeldes florentinos en los días del despertar nacional y republicano, después de la llegada a Florencia de las noticias de la toma de Roma por los ejércitos de Carlos V[273], y la expulsión de los Médicis[274]. El mismo hombre que en tiempo ordinario recomendaba a los suyos que huyeran de la política como de la peste, estaba en un estado de sobre-excitación que no temía ni a la una ni a la otra. Se quedó en Florencia, donde había peste y revolución. La epidemia atacó a su hermano Buonarroto, quien murió en sus brazos[275]. En octubre de 1528, tomó parte en la deliberación para la defensa de la ciudad; el 10 de enero de 1529, fué escogido en el Collegium de los Nove di milizia para los trabajos de las fortificaciones. El 6 de abril fué nombrado por un año governatore generale y procuratore de las fortificaciones de Florencia. En junio fué a inspeccionar la ciudadela de Pisa y los bastiones de Arezzo y de Liorna; y en julio y agosto fué enviado a Ferrara para examinar las famosas obras de defensa y conferenciar con el Duque, muy conocedor de fortificaciones.
Miguel Ángel reconoció que el punto más importante de la defensa de Florencia era la colina de San Miniato, y decidió asegurar esta posesión por medio de bastiones. Pero no se sabe por qué se encontró con la oposición del gonfaloniero Capponi, quien trató de alejarlo de Florencia[276]. Miguel Ángel, sospechando que Capponi y el partido de los Médicis querían librarse de él, para impedir la defensa de la ciudad, se instaló en San Miniato y no se movió. Su desconfianza enfermiza acogía todos los rumores de traición que circulaban en una ciudad sitiada, y que en este caso eran demasiado fundados. Capponi, que se hizo sospechoso, había sido reemplazado como gonfaloniero por Francesco Carducci; pero se había nombrado condottiere y gobernador general de las tropas florentinas al inquietante Malatesta Baglioni, quien más tarde había de entregar la ciudad al Papa. Miguel Ángel presentía el crimen. Participó sus temores a la Señoría. “El gonfaloniero Carducci, en vez de darle las gracias, le contestó injuriosamente, y le reprochó que fuera tan desconfiado y medroso”[277].
Malatesta supo la denuncia de Miguel Ángel; un hombre de su temple no retrocedía ante nada para quitarse un adversario peligroso; y en Florencia era omnipotente como generalísimo. Miguel Ángel se creyó perdido. “Yo estaba resuelto, sin embargo—escribió—a esperar sin temor el fin de la guerra. Pero el martes por la mañana, 21 de septiembre, alguien vino fuera de la puerta de San Niccoló donde yo estaba en los bastiones, y me dijo al oído que si quería salvar mi vida, no podía permanecer más tiempo en Florencia. Esta misma persona me acompañó a mi casa, comió conmigo, me proporcionó caballos y no me dejó hasta verme fuera de Florencia”[278].
Varchi, completando estos informes agrega que Miguel Ángel “mandó ocultar 12,000 florines de oro en tres camisas cosidas y prendidas en forma de jubones, y que huyó de Florencia no sin dificultad, por la puerta de la Justicia que era la menos custodiada, con Rinaldo Corsini y su discípulo Antonio Mini”.
“Si era Dios o el diablo quien me empujaba, no lo sé”, escribió Miguel Ángel algunos días después. Era su demonio habitual de terror demente. ¡Qué tal sería su espanto, si es cierto como se dice, que habiéndose detenido en su camino, en Castelnuovo, en la casa del antiguo gonfaloniero Capponi, le causó con sus relatos una emoción tan fuerte, que el pobre viejo murió algunos días después![279].
El 23 de septiembre Miguel Ángel estaba en Ferrara. Por su excitación, rehusó la hospitalidad que el Duque le ofrecía en el castillo y continuó su fuga. Llegó el 25 de septiembre a Venecia. La Señoría, habiendo tenido aviso de su llegada, le envió dos gentiles hombres para poner a su disposición todo lo que necesitara. Pero él, vergonzoso y huraño, rehusó y se escondió en el barrio de la Giudecca. No se creía aún bastante lejos. Quería huir a Francia. El mismo día de su llegada a Venecia, dirige una carta ansiosa y trepidante a Battista della Palla, comisionado de Francisco I en Italia para la compra de obras de arte.
“Battista, muy querido amigo, he salido de Florencia para ir a Francia; al llegar a Venecia me he informado del camino y se me ha dicho que era necesario pasar por los países alemanes, lo que es muy peligroso y difícil para mí. ¿Todavía tenéis intención de hacer el viaje? Os lo suplico, informadme y decidme dónde queréis que yo os espere; iremos juntos. Os lo suplico, respondedme al recibir esta carta, y tan pronto como os sea posible, porque me consumo en deseo de partir. Y si ya no deseáis hacer el viaje, hacédmelo saber para que yo me decida cueste lo que cueste, a irme solo...”[280].
El Embajador de Francia en Venecia, Lázaro de Baif, se apresuró a escribir a Francisco I y al Condestable Montmorency, haciéndoles instancias para aprovechar la ocasión de que Miguel Ángel se estableciera en la Corte de Francia. El Rey mandó ofrecer inmediatamente a Miguel Ángel una pensión y una casa. Pero este cambio de cartas requirió naturalmente algún tiempo, y cuando llegó la oferta de Francisco I, Miguel Ángel ya había vuelto a Florencia. Su fiebre se había extinguido; en el silencio de la Giudecca había tenido tiempo para avergonzarse de su miedo. Su fuga había hecho mucho ruido en Florencia. El 30 de septiembre la Señoría decretó que todos los que habían huido serían proscriptos como rebeldes si no volvían antes del 7 de octubre. En esta fecha, los fugitivos fueron declarados rebeldes y sus bienes confiscados. Sin embargo, el nombre de Miguel Ángel no figuraba todavía en la lista; la Señoría le otorgaba un nuevo plazo, y el embajador florentino en Ferrara, Galeotto Giugni, advirtió a la República que Miguel Ángel había conocido demasiado tarde el decreto, y que estaba dispuesto a volver si se le perdonaba. La Señoría prometió su perdón a Miguel Ángel y le envió a Venecia un salvoconducto con el tallador de piedras Bastiano di Francesco.
Bastiano le entregó diez cartas de amigos que le conjuraban todos a regresar[281]. Entre ellos, el generoso Battista della Palla lo llamaba con palabras llenas de amor patrio:
“Todos vuestros amigos, sin distinción de opiniones, sin vacilar, con una sola voz, os exhortan a volver para conservar vuestra vida, vuestra patria, vuestros amigos, vuestros bienes y vuestro honor, para gozar de los tiempos nuevos que tan ardientemente habéis deseado y esperado”.