—Usted es muy dueño de establecer en su hotel todas las costumbres que le parezcan convenientes, pero no de establecer costumbres con la condicion de que yo las he de pagar, cuando las ignoro.
—Todos las pagan, caballero, y nadie murmura.
—Pues contra lo que hacen todos, digo á usted, que ni usted ni nadie puede perjudicarme por una ignorancia de que no tengo culpa.
—Yo no tenia necesidad de advertir á usted acerca de nada …
—Ni yo de pagar.
Diciendo esto, salí del gabinete de recepcion, donde nos encontrábamos, y subí á mi Cuarto, dispuesto á dejar el hotel en el momento mismo.
Apenas habiamos empezado á poner en órden nuestro equipaje, cuando llamaron á la puerta. Era la señora. ¡Triste de mí!
—Siento-mucho, me dijo, que usted se haya incomodado …
—Perdone usted, señora: yo no me incomodo por mí: hacen que me incomode.
—¿No pensaba usted dar nada al criado?