La fábula es magnífica, porque es brillante.
Nuestro Dios es magnífico, porque es sombrío; es brillante, porque tiene alrededor de su trono la majestad de las tinieblas. No brilla para nuestros ojos, sino para otros ojos que hay más adentro, mucho más adentro; unos ojos que ven más allá, y que siempre ven, porque cuando no ven una luz, ven una sombra: cuando no ven, adivinan, creen y esperan.
En fin, ahora comprendo con seguridad, por qué este San Sulpicio me gusta más que el Panteon y la Magdalena, como arquitectura religiosa, como arte cristiano, como teología, como espíritu. Aquí hallo ese horizonte vago, indefinible, oscuro, patético, solemne, augusto, que está en armonía con el pensamiento de Dios, con aquella creacion austera, imponente y sublime, con aquellas tinieblas majestuosas de que rodea el poeta al excelso trono.
Hemos comido en el restaurant de Santa Teresa, en donde despedimos al cochero; luego hemos paseado por el jardin del palacio Real, nos sentamos durante hora y media, haciendo tertulia al venerable Lesperut, y volvemos á casa despues de las once.
—¿Qué hará Luisa? dijo mi compañera, al entrar en la calle de
Buenavista.
—Acordarse del estudiante de Estrasburgo, contesté yo.
—Es verdad, repuso mi mujer; pero la lechera nos aseguró que estaba más tranquila.
—¡Ah! El volcan no aparece cuando no arroja lava; pero cuando no la vomita, la lava arde dentro. ¿Cómo quieres que olvide en una hora, el recuerdo más poderoso de su vida, la emocion más profunda de su existencia? Si el estudiante se presentase á ella, jurándola amor y fidelidad, Pisa, Paris, Francia, Italia, el universo entero, desapareceria ante los ojos de esa desdichada.
Pero, en fin, como dijo uno de nuestros antiguos trovadores:
El dolor hay que sufrir,
Pues plugo á Dios decretar
Que cause pena llorar
Para que agrade reir.