No sé matemáticamente lo que espero, pero sé que espero. Fuera de aquí, fuera de este horizonte indefinible, no hay epopeya para el arte de la religion.
Viene el arte griego, y lo llena todo de luz, lo hace todo brillante, espléndido, provocador, casi lascivo. No; eso es el altar de una Vénus, el festin de unas bodas, una romería, un teatro. Ahí todo se toca, todo se ve, todo se concibe, todo se adivina. Esa no es la casa de Dios, porque ese Dios es la sombra augusta del universo, el augusto arcano de la vida, el portento que ninguna mente puede explicar, el abismo que ninguna sonda puede medir, y aquel festín griego, aquellas bodas, aquella alegría, no trae á mi imaginacion la idea del abismo, del portento, del arcano, de la sombra, de aquellas tinieblas sublimes; no trae á mi pensamiento la idea de Dios, el rumor vago, indefinible, poético y armonioso del espíritu universal. Ese arte, tan excelente para las formas, es absolutamente nulo, no sirve, para la metafísica religiosa del espíritu.
Y no tenemos más que concentrarnos por un instante, para comprender lucidamente la verdad de esta teoría.
Cuando nuestra vista no alcanza un objeto, ve sombra; es decir, no ve, porque el no ver consiste en no ver luz, y el no ver luz no es otra cosa que ver tinieblas.
Esto mismo sucede á nuestra alma, cuando no comprende un pensamiento. El pensamiento que no comprende, se la presenta oscuro, vacilante, sombrío, tenebroso. El horizonte de la sombra comienza en donde termina el horizonte de la luz, como sucede á nuestros ojos.
Nuestra alma no comprende, no se demuestra, no se explica matemáticamente la esencia de Dios, se encuentra sin la luz del dia en esa atmósfera inconmensurable, y viene la sombra de la noche; huye la evidencia y se da de cara con el misterio. Y este misterio y aquella sombra vienen á explicarle, lo que no han podido explicarle aquella luz y aquella evidencia. De modo, que en el arte de la religion, hace la sombra lo que hace la luz en el arte gentil; en el arte del espíritu, hace el misterio lo que en el arte de la forma hace la evidencia. Lo que allí es alegría, es aquí tristeza. Lo que allí es dolor, es aquí placer. Allí se rie cuando aquí se llora, y allí se llora cuando aquí se rie.
Por esto sucede que no me gusta oir en una iglesia la música de Donizzeti, ni de Bellini, ni de Verdi. Á una iglesia no vamos á buscar el sentimiento de lo apasionado, de lo marcial, de lo atrevido, de lo voluptuoso, sino el sentimiento de lo solemne, de lo majestuoso, de lo augusto; más claro, el sentimiento de lo sublime, la emocion del patético, porque la idea de una suprema causa es el patético por excelencia. En una iglesia no quiero encontrarme al amante, al poeta, al caudillo, sino á mi creador. No me gusta encontrar allí mi genealogía humana; para eso iria al teatro; quiero encontrar mi genealogía divina, porque para eso voy á la iglesia. Y ahora me explico por qué me gusta más, cuando estoy en un templo, la música del Norte, la música germana. Y me explico tambien, por qué dos versos de la poesía inglesa, de la poesía sajona, de la poesía scita, esto es, de la poesía del Septentrion, me gustan más, muchísimo más, que todo lo que ha dicho la poesía italiana, inclusa la majestuosa poesía del Dante, acerca de un principio supremo.
Al describir la formacion del mundo, pinta un poeta inglés al supremo Hacedor ocupado en aquella portentosa tarea, y dice que da fin á la creacion, poniendo alrededor de su trono la majestad de la sombra.
Y pone alrededor del trono excelso
La augusta majestad de las tinieblas.
Esto es poesía religiosa; estos dos versos valen más, en este sentido, que toda la divina comedia del Dante. Eso no es hablar ni del mundo, ni del hombre; eso es hablar de Dios, de un Dios grande, inmenso, prodigioso, guardado por un velo, recatado por una nube, porque se habla de un Dios incomprensible por su grandeza, por su excelsitud, por su gloria, por su maravilla, por su poder; un Dios que no es tan Dios por lo que de él se sabe, como por todo lo que se ignora; un Dios que es menos Dios por su magnificencia que por sus arcanos; menos por la luz que hierve en la esfera del astro, que por la sombra que pone el poeta alrededor de su trono, aquella sombra que es el arte infinito de la eternidad.