—¿Qué hay, mi buena señora Fonteral? la pregunté.
—Tome usted dos notas. En esta va el nombre del padre del estudiante, y el pueblo de Rodhese, en donde vive. En esta otra hallará usted el nombre y apellido de una hermana de Luisa; casada en la misma ciudad en que está su familia, y á quien sus padres aman en extremo. La he dado el dinero que usted me entregó, la he dicho que están pagados los quince dias de alquiler, la he exhortado á que se arrepienta, á que olvide ese amor funesto, y á que espere en la misericordia de Dios.
—¿Y cómo está? la preguntó con impaciencia mi mujer.
—Quedó más tranquila, mucho más tranquila, y diciendo esto desapareció, dejándome las notas.
No quise perder tiempo. Aunque en mal francés, escribí una carta al padre del muchacho, y aunque en mal italiano tambien, escribí otra carta á la hermana de Luisa, pintando en ambas el abandono, la desesperacion y el peligro en que se veía esta desgraciada.
Se las traduje á mi mujer, que las creyó del caso, las cierro, pongo el sobre respectivo, y á los pocos minutos atravesábamos la calle de Buenavista, con el fin de echarlas al correo. Llegamos á la Plaza de la Bolsa, y las echamos en una estafeta que hay allí. Mi mujer echó la que iba dirigida á la hermana, y yo la que iba dirigida al padre del chico, como si creyéramos que podia ejercer alguna influencia la electricidad particular de cada sexo. Al arrojar las cartas por el buzon, mi mujer y yo exclamamos al mismo tiempo:
—¡Dios las lleve por buen, camino! Ignoro lo que sucederá; pero algo debe valer el buen deseo con que obramos, para conseguir la ayuda del cielo.
A diez pasos de la estafeta tomamos un coche, y al cuarto de hora nos encontrábamos en San Sulpicio. Este es uno de los seis ó siete edificios que han despertado en mí la emocion poética, sin embargo de que entran por centenares los monumentos suntuosos que tiene Paris. Al ver esta iglesia, me parece que estoy en el campo; creo como oler romero ó tomillo. Penetramos, y bajo estas bóvedas encuentro lo que no encontré en la Magdalena; lo que no hallé tampoco en el Panteon, espléndida creacion ateniense. Reina aquí cierto espíritu vago y silencioso, que nos reconcilia con la idea de Dios. Aquí nos acordamos naturalmente de la piedad, y parece que oramos, aún cuando no digamos ninguna oracion. Voy á decirlo, sin temor de que muchos se escandalicen: este San Sulpicio, con sus ventanas, sus columnas, sus torreones y sus veletas, que parecen aspas de un molino de viento; este San Sulpicio, con su gran pórtico; su nave extensa, desnuda, callada, sombría; su coro aislado; su majestuoso altar mayor; su oculta capilla de la Vírgen, iluminada por una luz confusa, indecisa, misteriosa, y sus enormes conchas venecianas que sirven de pilas; este San Sulpicio, vuelvo á decir, es más iglesia, más templo cristiano, que la Magdalena y el Panteon.
Esto nos demuestra que el arte religioso, tanto en arquitectura como en escultura, como en poesía, como en música, como en canto, en todo, tiene un carácter que no es posible equivocar ni confundir. El hombre no comprende la esencia de Dios, porque no comprende ninguna esencia. Presiente algo, adivina algo; pero no lo puede explicar; sobre todo, no puede reflejar su pensamiento en una imágen; es decir, no puede darnos la nocion artística de aquel pensamiento, porque no hay nocion artística sin figura, sin símil, y no hay figuras que nos representen lo que no se toca, lo que no se oye, lo que no se ve. Donde no hay imágenes no hay arte, porque no hay fantasía, y el hombre no halla imágenes para representarnos la inmensidad, por lo mismo que el hombre vive en el espacio, el cual no es inmenso. El arte, pues, es nulo para representarnos netamente la idea de Dios; ese Dios es más grande que toda figura, que todo símil, que toda poesía, que toda creacion humana. El arte no tiene otro recurso que llegarse á la ciencia, que pedirla sus pensamientos, sus conjeturas, sus arcanos; no tiene otro recurso que llegarse á la fe, para que le inspire con sus creencias y sus esperanzas, y copiar en el libro, en el edificio y en la estátua, las esperanzas de aquella fe, y los arcanos de aquella ciencia.
Esperanza y misterio, hé aquí el carácter esencial, el sentido íntimo, el alma del arte religioso.