Su hijo ama por un derecho providencial; por un derecho de orígen divino. Dios se lo ha dado, él lo tiene porque Dios se lo da: ¿qué intenta el padre contra lo que da Dios? ¿Qué planes concibe contra la Providencia que gobierna á todos, á él tambien? Vengan aquí los padres que así opinan, y que respondan.
Nada más absurdo, más bárbaro, más repugnante, que disputar á un padre el santo derecho del consejo, de la persuasion, de las lágrimas, hasta el enojo, porque muchas veces nos enojamos por lo que queremos, por el bien que ansiamos para los objetos de nuestro amor; pero de ningun modo puede darse á un padre la facultad de que haga un derecho de la violencia, de un abuso, de un atentado. No hay derecho para hacer lo que no se debe, por la razon de que no hay abusos legítimos, crímenes morales. Una traicion, una verdadera traicion, no es nunca leal. Nada de violencia, especialmente la violencia que se ejerce sobre una pasion de nuestra alma, una pasion grande, inmensa, divina; sobre todo, en una época de nuestra vida en que la pasion entra por tanto, en que la pasion es casi todo, porque la juventud no es otra cosa que una pasion. Aconsejo á los hijos humildad, respeto, obediencia; más que obediencia; veneracion, una veneracion profunda y religiosa. Á los padres no se les debe únicamente obedecer, sino venerar; aconsejo á los hijos la veneracion; pero no aconsejo á los padres la violencia. El hijo debe obedecer; el padre debe aconsejar y persuadir. ¿No alcanzan el consejo, la persuasion, la súplica, el llanto, el enojo? Pues hagamos alto; encima de la tierra está el cielo; sobre el hombre está Dios. A Dios toca lo que el hombre no puede arreglar, y un hombre es el padre.
Hay tres cosas en este mundo, sobre las cuales no puede ponerse una mano airada; tres cosas que todos debemos reverenciar, porque son un depósito de la Providencia: una idea, una lágrima y un amor. La idea es el ángel del pasado; la lágrima es el ángel del presente, el amor es el ángel del porvenir; sí, del porvenir, porque la esperanza y la fe son los primeros de nuestros amores. Cuando el hombre quiera encender fuego para quemar el mundo, quémelo todo; pero que no arrime la tea á esos tres ángeles.
Pues volviendo á la historia de Pisa, los padres del novio retiraron al hijo el dinero; esto es, quitaron el alpiste al pájaro para que volviera á la jaula. El estudiante encontró manera de hacer que su novia supiese lo ocurrido, porque no hay manera que no encuentren los que se aman; la novia se turba, se turba el novio, ambos se creen perdidos en sus ilusiones, se ven, se miran…. ¡Ah! No hay alpiste que valga contra estas cosas. Llega un dia en que, al amanecer, se abren las puertas de una casa, y una jóven baja la escalera, con un envoltorio en la mano, despeinada, trémula, azarosa, paladeando sin cesar, porque la saliva pegaba sus labios; esa jóven atraviesa furtivamente algunas calles, mira hácia atrás y vuelve á correr, hasta que llega á un punto en donde un hombre la esperaba. Cerca de ellos estaba un coche, la portezuela se abre, ambos suben, el carruaje empieza su marcha…. Todo está perdido; ya no hay remedio. Al dia siguiente estaban en Livorno; al otro dia en Génova; al tercero en Marsella, al cuarto en Paris. Se hospedan en uno de los muchos hoteles de la calle de Buenavista, de la calle en que estamos nosotros, casi enfrente de nuestro hotel. Nuestros lectores habrán supuesto seguramente que los viajeros de que hablo son Luisa y el estudiante de Rodhese. Con el dinero que ella sacó de la casa paterna, vivieron un mes, al cabo del cual el estudiante la manifestó que iba á su casa, con el fin de reconciliarse con su familia, y volver á Paris, ya para unirse á ella, ya para proseguir sus estudios. Ella lo creyó como era natural, y le dió hasta el último maravedí para el viaje. El amante partió; llegó á Rodhese, se avino con sus padres, y se determinó que fuera á seguir su carrera á Estrasburgo, en donde se halla actualmente. Luisa no ha visto de él una sola letra, y tuvo estas noticias por medio del amo del hotel, que escribió al país para averiguar lo ocurrido. Ella se encuentra sola, en tierra extraña, sin honor, sin medios, sin amigos, sin ayuda, sin esperanza, sin saber qué hacer, ni qué pensar, ni qué discurrir. Dice que no quiere vivir de ese modo, que anhela morirse, que quiere matarse; no duerme, no come, grita como una loca, y todo anuncia un mal desenlace. Entre tanto el novio estudia en Estrasburgo, y acaso hace la córte á otra desgraciada. ¡Qué corazones hay en el mundo! ¿Qué hace esa mujer? Nos preguntaba la lechera. ¿Cómo vuelve á la casa que ella abandonó? ¿Cómo vuelve al pueblo que ella escandalizó con su locura? ¿Cómo escribe á sus padres, á quienes ha causado tanta afrenta y tanto dolor? Y si va á su casa, y si la familia le hace la caridad de abrirla sus brazos, ¿cómo resiste esa pobre jóven la mirada terrible de su madre? ¿Qué ha de responder á su madre, cuando las dos se queden solas?
¡Ay! ¡cuántos males causa en este mundo la falta de prudencia! Si la familia, en vez de repudiarla y de extrañarla de su cariño; si en vez de reprenderla y de afrentarla por aquellos amores; si en vez de acercarla al amante, porque al amante se acercaba todo lo que se desviaba de su familia; si en vez de esto, la hubiera atraido con paciencia, la hubiera exhortado con consejos, con cariño, con persuasion, con lágrimas, con súplicas, si era menester; si un hombre prudente hubiera dado un plazo á sus esperanzas; la hubiera alentado, la hubiera tocado el corazon, ¿estaria ahora esa jóven en Paris llamando á la muerte, desamparada, sola, perdida? No; yo juro por mi alma que no. Perdóneme el lector este arranque … no sé de qué: quizá es orgullo, quizá es vanidad, acaso es una ridícula jactancia; pero me parece que si yo hubiera sido el padre, el tio, el hermano, el amigo siquiera, de esa infeliz mujer, esa mujer estaria en su casa. Tal vez suspiraria por su amante; tal vez lloraria; pero estaria en su casa; estaria al lado de sus padres, tendria tranquila su conciencia, limpia su honra, y entero un corazon que ahora está desgarrado. Tal vez llorara en Pisa; pero ¡qué diferencia entre aquellas lágrimas, y las que ahora vierte en Paris! Mas el golpe está dado, y un momento basta para emponzoñar la existencia de una mujer.
En este momento se asoma al balcon, mi compañera la ve y me llama. Es muy blanca y tiene el cabello casi rubio. Hay en su fisonomía esa mezcla de expresion ardiente y melancólica, triste y apasionada, que es la gran belleza del tipo italiano. Mira con cierto frenesí á uno y otro lado de la calle, como si esperase á alguna persona. ¡Pobre Luisa! El estudiante está en Estrasburgo; es inútil que mires; no viene. ¡Cuánta amargura debe hervir en el alma de esa mujer! Parece que cruza y confunde sus miradas, como si una idea agujerease su cerebro, y se pasa la mano por la frente con mucha frecuencia. Es bien seguro que está sudando de congoja; es seguro que algun vértigo la amenaza.
—Esa mujer va á cometer un disparate, exclamó vivamente mi compañera, y yo no esperé más. Bajo en el acto, me voy á casa de la lechera de la vecindad, la llamo la atencion sobre el estado de Luisa, y la buena Madama Fonteral deja inmediatamente su quehacer, me mira de un modo cariñoso y benévolo:
—¿Que voulez-vous que je fasse? (¿Qué quiere usted que haga?)
—Quiero, la contesté, que se pase usted al hotel de enfrente ahora mismo, que entregue usted estos veinte francos al amo de la fonda, en pago de los quince dias de alquiler que Luisa le debe, que dé usted estos otros cuatro napoleones á Luisa para que atienda á sus necesidades, que averigüe el nombre y domicilio de los padres del estudiante de Estrasburgo, y que procure saber de la jóven si tiene algun tio, algun hermano, alguna persona de respeto á quien acudir, trayéndome la nota de los nombres y del punto de residencia. Haga usted de modo que ella ignore quién la suministra este insignificante recurso, y quién la hace estas preguntas, á fin de que tenga algo que la distraiga del pensamiento que la domina, y que acabará por volverla loca. Dígala usted que no se desespere, que no se apure, que no se aflija. Dígala usted que el arrepentimiento y el dolor hacen con las heridas de nuestra alma, lo que el bálsamo con las heridas de nuestro cuerpo.
Madama Fonteral, moviendo afirmativamente la cabeza en señal de contento y de aprobacion, echó á escape, mientras que yo me volvia á mi cuarto. Cuando llegué, Luisa no estaba en el balcón, y mi mujer me dijo que temía una desgracia. Eran más de las once, y tuvimos precision de salir para almorzar. Almorzamos en un restaurant del boulevar de la Buena Nueva, á los cincuenta pasos de nuestra fonda, y nos volvimos para ver qué noticias nos daba Madama Ponteral. Esta pobre mujer habia subido a nuestra habitacion, y habiendo sabido que habiamos salido con el objeto de almorzar, nos estaba esperando en la puerta de su casa. Así que nos vió, entró en el portal de nuestra fonda, y subimos juntos.