Mucho puedes, promontorio terrible; mucho podeis, montones de oro que deslumbrais mi vista; yo mismo conozco cuán fascinador es vuestro poder; pero el orbe no os pertenece, la creacion no es vuestra, la armonía del universo, la verdad del hombre, el dogma incontrastable de la vida, el misterio de todo, el vuestro tambien, no está encerrado ahí. Sobre vosotros corre una catarata que todo lo inunda; á vosotros tambien. Sobre vosotros hay un espíritu que os llama idiotas cuando sois injustos, á vosotros, montones de oro, que ofuscais mi vista, á vosotros, que me teneis estático, como si contemplara un prodigio. Tú, metal terrible, compras la sublime Concepcion de Murillo, pero no la pintas; compras el Quijote, pero no lo escribes; compras el pensamiento de Santa Teresa, pero no lo creas, ni lo juzgas. Compras la chispa eléctrica, pero no sientes su calor divino; compras la flor sencilla y perfumada; pero no sientes su divino aroma. ¡Gime, tirano de mi siglo, gime! Sobre tí está Dios, Dios te aprisiona, como aprisiona las tempestades del Océano. Dios te ha puesto por barrera un espíritu, como ha puesto al Océano una playa.
Salimos del Banco, y notamos que el restaurant Vefour no ha dejado nuestros estómagos muy satisfechos.
Caminando al azar, como para sentir esa emocion vaga con que nos sorprende una ciudad que no se conoce, llegamos á la calle de los Pequeños Campos, y en una de sus travesías vimos un figon, que aquí tiene el nombre de rotisserie. En estos bodegones suele comer gente de poco pelo; pero la comida es de sustancia. Ya porque queriamos comer un buen asado, (roti), ya tambien porque queriamos experimentar el contraste á que da lugar este figon, comparado al vaporoso restaurant Vefour, resolvimos entrar, y entramos en efecto. La presencia de una señora con sombrero y vestido de seda, y la de un varon con sombrero de jipijapa, frac y guante, no dejó de causar cierta sensacion en las gentes que allí comian; pero al poco tiempo cada cual atendió á su plato, y nosotros quedamos libres de miradas y gestos.
Las mesas están mondas y lirondas; pero son de piedra roqueña, y no ofrecen nada que pueda repugnar. Las banquetas que sirven de sillas, no tienen más inconveniente que el ser más duras que el pié de Perico. En fin, nos sentamos….
—¿Qué gritos son esos? me dice mi mujer. Efectivamente, los mozos del establecimiento gritaban como unos energúmenos; pero un gritar rabioso, descompasado, que lastimaba las orejas. Aquella gritería descomunal era el resultado de una costumbre del establecimiento. En el momento en que el mozo oia lo que cada comensal le encargaba, lo anunciaba gritando desaforadamente como era necesario para que le oyese el cocinero, á una distancia de cuarenta ó cincuenta pasos. De modo que si pedian á un tiempo de comer varios comensales, los respectivos mozos gritaban á la vez; aquellos gritos se confundian y formaban un guirigay y un clamoreo que nos atolondraba.
Un mozo se llegó á nuestra mesa. Pedí dos chuletas de carnero.
—¡Deux côtelettes de mouton! gritó el mozo con una bizarría de voz tal, que mi mujer estuvo á pique de dar un respingo. A poco estaban allí las dos chuletas, una racion de pan y una botella de vino Macon.
Luego pedí una racion de vaca á la moda, y el mozo grita como antes: ¡un beuf à la mode! Una racion de vaca al natural, y el mozo proseguia: ¡un beuf nature! Y una racion de habichuelas para mi mujer; y el bendito mozo continuaba con voz metálica y desquebrajada: ¡des haricots verts!
Al propio tiempo, semejante al centinela casi contínuo que se oye en una muralla ó en un campamento, se oia por todo aquel local el rumor múltiple y confuso de diez ó doce mozos que gritaban simultáneamente lo que los comensales pedian: ¡Un roti! ¡Des prunes! ¡Un bouillon! ¡Des alberges! ¡Du gibier! ¡Des abricots! ¡Des pommes de terres! etc. Un asado, ciruelas, un caldo, melocotones, caza, albaricoques, patatas, y así otras varias cosas; pero todo esto mezclado y como en tropel.
Aquello era á la vez comida y concierto vocal, sólo que la música hubiera podido suprimirse, sin profanar el polvo de Bellini.