—¿Cuánto te ha pedido? me pregunta con grande y justa sorpresa mi mujer.

—Nada, contestó inmediatamente. No me hables sobre el particular.
Figúrate que ha sido una nube de verano; ya pasó.

Ahora nos dirigimos al Banco, con el fin de cobrar un billete de mil francos, y es el tercero que va de marcha. He hecho mentalmente el balance de mis fondos, y resulta que en el trascurso de dos meses, algo menos, he gastado sobre dos mil reales con que llegué á Paris, más dos billetes de á mil francos, sin contar cerca de cien duros que nos costó el viaje. De modo que desde nuestra salida de Madrid, hemos gastado, sobre seiscientos duros, la mitad exacta del capital que destinamos á la expedicion. Luego que gastemos diez mil reales, tendrémos que acudir al refrán castellano de á tu casa, grulla, aunque sea con un pié. He dicho diez mil reales, porque los dos que quedan, deben servir para el viaje. ¡Ay de mí, si por una casualidad nos robaran, ó perdiéramos el dinero! ¡Ay de mí, si mi mujer se viese sin dinero para volver á España, á su querida, á su adorada España! Si el nombre de España fuese masculino, casi, casi debería yo tener celos. Mi mujer ama su nacion con un fervor que raya en fanatismo. Probablemente lo diré en más de un pasaje de estos apuntes, porque es una pasion tan grande que no puede menos de causarme extrañeza.

Llegamos al Banco, atravesamos unos pasillos, penetramos en el salon donde se paga … ¡Santísimo Sacramento! ¡Esto no es un Banco; esto es un mar de oro. Pero perdóname, lector: me es imposible terminar hoy la larga reseña de este día. Encomendándome á tu indulgencia, te envio á mañana.

Día vigésimo segundo

Banco de Francia.—Consideraciones.—Comida,—Ocurrencia graciosa de un menestral.—Flor marchita.

Pues como ayer decía, el Banco de Francia era un mar da oro. En mi vida he visto tanta moneda junta. Bien que tratándose de tal cúmulo de metal, más fácil que verlo es soñarlo. Estaban haciendo la recaudacion de quinientos millones de francos para el establecimiento de Bancos agrícolas, segun me han dicho. Ignoro si allí habia los dos mil millones de reales á que subia la recaudacion; ignoro si en aquellas piras de oro se habian vertido seis mil doscientos cincuenta talegas de onzas; pero si no habia este número, habia tantas, que bastaban para asombrar al cristiano de más espíritu. Un hombre avariento pasaría allí el tormento de Tántalo; yo no pasé tormento alguno, sin embargo de que … la verdad, algunos deseillos me andaban escociendo por dentro. Siempre que vinieran por buen camino, de buena gana daría un pellizco á esos provocativos montones. Y eso que aborrezco, ó me hago la ilusion de aborrecer el precioso metal. Y me sucede que cuanto menos tengo, más le odio; de manera que lo odio sin duda … porque no lo tengo. Lo que odio es no tener. ¡En cuántas cosas nos sucede lo mismo! Esto es capaz de una ampliacion tan extensa, que casi viene á ser un sistema social.

Sí, lector mio, estúdiate á tí propio, sondea tu conciencia y tu corazón, y verás cuántas veces odiamos una cosa, porque no la tenemos. Luego que la tenemos, la amamos.

Yo cobré mi billete, los mil francos me parecian una bicoca en presencia de tanto metal, y me quedé estático mirando al coloso. El dinero es el coloso de nuestro siglo. Huyó la casta, y vino el billete. ¡Misterio terrible! decia yo para mí. Ese promontorio de metal amarillo no es la gloria, ni la heroicidad, ni el talento, ni la ciencia, ni el arte, ni la fe, ni la honra, ni la virtud, ni el vestido, ni el alimento, y con él se compra el alimento, el vestido, la virtud, la honra, el arte, la ciencia, el talento, hasta la heroicidad, hasta la gloria. Con ese metal que no piensa, que no siente, que no quiere, que no obra, con esa inteligencia idiota, con ese brazo inerte y tullido, con esos montones de oro se allanan montes, se ciegan golfos, se toman ciudades, se destronan reyes, se conquistan naciones, se queman imperios, se trastorna el mundo. ¡Cuántas transformaciones no podrian operarse, en el órden físico y moral, con esa pirámide de monedas, con ese metal sordo, mudo, ciego, inanimado; con ese espantoso misterio, amontonado ahí!

¡Oh Dios mio! ¡Qué bien has hecho en morar arriba; ahí donde no llega la mirada del telescopio; ahí donde no puede entrar ni la ciencia del sabio; ahí donde únicamente tienen entrada la virtud y la fe! De otro modo, Dios mio; si la mirada del telescopio pudiera penetrar en tu morada augusta, ese promontorio que tengo delante pondria andamios á través de la atmósfera, escalaria el cielo, y querria sentarse en tu trono inmortal. Pero no puede ser; tú eres más poderoso y más grande, infinita y santamente más grande y poderoso que el dinero, y tu eterna mano le marca un límite, como ha puesto una playa al mar.