—Au revoir, monsieur et madame. Hasta la vista, caballero y señora.
Y mi mujer me decia en voz baja:
—Sí, como tenga que esperarnos, bien tendrá tiempo de echarse en remojo.
Bajamos sonriéndonos la brillante escalera, y hénos otra vez en la calle, camino del paseo del Palacio Real. Al incorporarnos á un obrero que venia hácia nosotros con su mujer, oigo que aquel hombre la dice:
—¡Parbleu! Si tu savais qui est celui-lá. ¡Voto al chápiro! Si tú supieras quién es aquel.
Me volví como un rayo para ver á quién señalaba, y en efecto vi que miraba á un caballero que iba por la acera de enfrente. Cuando yo me volví, el caballero pasaba ya, de modo que no pude verle sino de espaldas. Era más bien bajo, algo grueso, casi rechoncho, de patillas negras muy largas. Digo muy largas, porque le sobresalian á uno y otro lado, de tal modo, que alcancé á vérselas, aunque me cogia de espaldas, como he dicho. Me quedé parado, observándole, calculé, y por instinto resolví que debía ser M. Guizot. Me llego al menestral, contra el deseo de mi mujer que me tiraba fuertemente del brazo, y le suplico que tenga la bondad de decirme quién era el sujeto en cuestion. El menestral me dió las noticias que deseaba con la mayor amabilidad.
M. Guizot me perdone. ¡Pobre M. Guizot! El personaje de que se trataba era un prestidigitador, que tenia un teatro ó cosa parecida, en los alrededores del Odeon. ¡Confundí á M. Guizot con un titiritero! Si lo supiera M. Thiers, y fuera ahora ministro, apostaria una oreja á que me regalaba el gran cordon de la Legion de Honor, y veinte cordones que tuviera á mano.
Dimos una vuelta por el paseo del Palacio Real, alargándonos hasta las Tullerías. Recorrimos la parte del Louvre en donde soliamos sentarnos con Lesperut, creyendo hallarle allí; pero no le vemos por ninguna parte. Hace pocos dias nos dijo que tenia un aneurisma en el corazon, que sentia morirse por instantes, y el no encontrarle aquí nos da escozores sobre su suerte. Creemos que si estuviera capaz de salir á la calle, no dejaria de asistir á la cita diaria. Recordamos que vive en la calle de Gît-le-coeur; pero no se nos ocurre el número. Nos volvemos desconsolados, y cuando hablaba todavía con mi mujer acerca de lo que podria suceder á nuestro buen amigo, me doy de cara con una persona muy allegada al Viejo Lesperut. El sujeto en cuestion nos dió noticias de él, y convinimos en que esta noche nos veriamos en el paseo del Palacio Real, cerca de una glorieta donde soliamos sentarnos. La conversacion entre los dos (entre la persona muy allegada á Lesperut y yo), tomó luego un sesgo entera y desgraciadamente distinto. Aquel sujeto no era digno del venerable anciano, cuyo nombre ofendia en aquel momento. Voy á decirlo con pesar; pero el lector debe saber cuanto me sucede punto por punto. Si algun encanto encuentra el lector cuando lea estos apuntes, sepa que ese encanto consiste en la ingenuidad casi infantil con que cuento lo que me ocurre.
La persona á quien nos encontramos, el sujeto muy allegado al noble y bondadoso Lesperut, acaba de abusar de nuestra amistad y de nuestro cariño. Si el honrado viejo lo supiera, sufriria un disgusto de muerte; pero, de seguro, no lo sabrá. Mi atribulado y afligido bolsillo lleva otro asalto algo mayor que el de Vefour; algo mayor tambien que el otro asalto del inolvidable Champeaux. Con estos asaltos, y con la recogida del CRISTIANISMO Y DEL PROGRESO, vive Dios que no dejaré de echar luz.
La persona allegada á Lesperut partió, y nosotros seguimos por la calle de Rívoli, á coger la Plaza de Vendome.