=Dia vigésimo tercero al trigésimo=.

Versos.—Asesinato de la calle del Duque de Alba.—Mataderos públicos. —Monte-Pio.—Hospicios y hospitales.—Locos del Sena.—Movimiento de la poblacion.—Casamientos.—Caja de ahorros.—Caja de descuentos. —Presupuesto de Paris.—Consumos.—Aduana.—Sociedades mercantiles. —Ferro-carriles.—Correos.—Presupuesto general.—Comercio.—Deuda pública.—Estadística de Inglaterra.—Palacio Real.—Bolsa. —Tullerías.—Louvre.—Luxemburgo.—Inválidos.—Panteon.—Luisa.

Han pasado ocho dias, y tengo tantas cosas que decir, que no sé por donde comenzar. Mi ida á Sevilla, en un término más ó menos próximo, es cosa resuelta, y por una elaboracion de la fantasía, independiente de la voluntad, he compuesto á mi tierra natal unos malos versos.

Sé muy bien, sé y conozco perfectamente que no debo al cielo el don de poeta; sé que no se agita en mi alma ese divino espíritu, esa especie de delirio sagrado. Al insertar en estos apuntes aquellos versos, no los ofrezco como una gala de imaginacion, ni como una muestra de poesía, (¡Dios me libre de tan necio orgullo!) sino como un testimonio de mi cariño á la hermosa ciudad, en donde me cupo la ventura de nacer. Además de los versos á Sevilla, he escrito un entremés casero para el album de una amiga nuestra de Madrid, la cual ha escrito á mi compañera, exigiéndola el cumplimiento de la palabra que mi mujer la dió, hace más de un año. Mi compañera me puso asedio, y los lectores que sean casados, comprenderán que quiero decir: ha sido necesario ceder.

En estos ocho dias hemos recibido cartas de España, en que se nos habla de un asesinato cometido en la persona de un prestamista, que vivia en la calle del Duque de Alba, esquina á la de los Estudios. Los asesinos son una mujer, llamada Manuela Bernaola, y tres hombres, llamados Ignacio Cabezudo, el Feo y el Pequeño. Con este motivo, he leido los periódicos de Madrid, y he encontrado noticias tan extrañas sobre aquel crimen horroroso, que no he podido menos de escribir á un amigo, con el fin de que adquiera los más datos posibles y me los remita. Presumo que la historia oculta de dicho atentado no debe carecer de cierto interés, tengo una fundada confianza en la capacidad y diligencia del amigo, á quien pido informes sobre el hecho, y casi ofrezco á mis lectores algunos detalles curiosos.

En la semana transcurrida, en esos ocho dias de huelga, hemos empleado las vacaciones en visitar el palacio Real, la Bolsa, las Tullerías y el Louvre, el palacio de Luxemburgo, los Inválidos, el Panteon; hemos visto tambien, no sin un grande asombro, los mataderos públicos; el Monte-Pio, algunos hospicios y hospitales, el establecimiento de los locos del Sena; hemos adquirido noticias sobre el movimiento de la poblacion; sobre los casamientos que han tenido lugar en este año; sobre el estado y operaciones de la Caja de ahorros y de la de descuentos, y sobre el fabuloso presupuesto de esta ciudad; sobre sus increibles consumos; sobre el movimiento de su aduana; sobre las sociedades mercantiles existentes en todo el imperio; sobre ferro-carriles, renta de correos, presupuesto general del Estado, comercio, deuda pública y otros detalles estadísticos. Á fin de poder apreciar la importancia de este órden de cosas, he tenido que adquirir algunas noticias sobre la Estadística de Inglaterra, y me parece que mis lectores no llevarán á mal el tener idea de estos verdaderos prodigios europeos. Por fin, en todo el tiempo transcurrido desde mi última revista, la pobre Luisa no ha dejado de vivir en nuestra memoria y en nuestro corazon; lo cual quiere decir que no ha dejado de vivir con nosotros, como si fuese nuestra hermana, ó nuestra amiga de la niñez. ¡Qué poco se figurará esa pobre mujer, que dos extranjeros piensan en ella, como si se tratara de un individuo de su propia familia! Pero mi mujer y yo nos preguntamos muy á menudo: ¿no sabrá Luisa el vivo interés que nos inspira su desgracia? ¿No la habrá dicho nada madama Fonteral? No puedo persuadirme de semejante cosa. Dejaria madama Fonteral de ser mujer. Acaso no hubiera dicho nada, ó al menos hubiera dicho poco, si no la hubiésemos encargado sigilo; pero no hablar sobre el asunto, cuando la encarecimos el secreto; no decir nada del secreto que se la fia; no revelar aquel misterio de que ella se enamora; no llevarse el dedo á la boca, imponiendo silencio á Luisa; no cogerla del brazo; no llevarla aparte; no mirar con aire aturdido á uno y otro lado como para ver si es oida de alguno; no cuchichear al oído de aquella pobre jóven; no descubrirla todo lo que nosotros la habiamos suplicado que ocultara; renunciar al placer supremo de esa patética pantomima, decididamente, lectores mios, eso no lo ha hecho madama Fonteral; eso no lo hace ninguna mujer; eso seria un milagro, y el milagro no es el genio de nuestro siglo, sobre todo, no es la gracia especial de las mujeres de Paris.

Al hablarnos madama Fonteral de la entrevista que con Luisa tuvo, nos aseguró, poniéndose el dedo índice á través de los labios, que nada la habia revelado acerca de nosotros. Yo dije para mí: esto significa que se lo ha dicho todo, desde la a hasta la z.

Al dia siguiente, Luisa se asoma al balcon. ¿Qué hace? Mira con ansiedad. ¿A dónde mira? Á uno de los balcones de nuestro hotel, á uno de los balcones de nuestra estancia; nos mira á nosotros. ¡Cuitada madama Fonteral! ¡Cuitado de mí! Recibo la mirada tímida y vacilante de la pobre Luisa, y aquella timidez recatada, aquella medrosa vacilacion, me imponen casi miedo. No sé qué hay en aquellos ojos, en aquella mirada, en aquella terrible confesion de sus dolores, en aquel llanto mudo de su conciencia, no sé qué hay allí; pero lo cierto es que yo no puedo resistir aquella mirada indecisa y ansiosa. Luisa mira desde su balcon, y mi mujer y yo nos retiramos, porque á mi mujer le sucede lo propio que á mí: no tiene valor para sufrir con calma aquel triste saludo de un corazon despedazado, no tiene valor para contestar á Luisa con una mirada de compasion y de inteligencia, que querria decir: ¡pobre mujer! ya sé tu desgracia, tu martirio, tu culpa, tu deshonra.

Para comunicar á mis lectores el gran cúmulo de noticias que en estos ocho dias he adquirido, seguiré el órden del sumario.

Empezarémos por los versos: dice el adagio que el mal camino conviene andarlo pronto.