I.

Oye, Sevilla hermosa, este gemido
Del hijo ingrato que á tu orilla viene:
Enfermo tiene el cuerpo y dolorido,
Enferma y dolorida su alma tiene.

Como en los bordes de la antigua llaga
Un bálsamo se vierte que da vida,
Deja que evoque una memoria vaga
Triste recuerdo de una edad querida.

Aquí mecido en ignorada cuna
Halagó mi niñez aura lasciva,
Al tibio rayo de tu blanca luna,
Al soplo amante de tu luz nativa.

Pobre aquí, niño y sin saber qué es gloria,
Contemplaba quizá los cielos tersos,
Y era rico y felice con tu historia
Y la esperanza de mis pobres versos.

El pecho se me oprime cuando miro
De remoto fanal fúlgida llama,
Y lleva el Bétis mi primer suspiro
Al golfo azul que encadenado brama.

Y blanco y puro como el puro armiño
Un ángel soñó aquí mi fantasía,
Un ángel que he buscado … ¡Pobre niño!
Un ángel que en el mundo no existía.

Nace el hombre á la luz; el bien no halla,
Y en inventarlo con afan se empeña,
Y al fin encuentra el bien porque batalla,
Halla la dicha al fin … cuando la sueña.

Azucenas de amor, divina palma,
Florestas que soñé, prados y flores,
Ya que la vida os marchitó en mi alma,
De corona servid á mis dolores.

Yo ví al ángel vagar entre verdura
Poniendo flores en su leve falda,
Y despues esconderse en la espesura
Suelto el cabello por su rica espalda.