Me llamaba quizá; yo le seguia;
Mas sin duda en el bosque se ocultaba,
Y luego más allá me aparecia
Y así del pobre niño se burlaba,

Aquí soñé festines y placeres,
Y el rumor de palmeras solitarias,
Y el suspiro de célicas mujeres,
Y tumbas, y osamentas y plegarias.

¡Gloria! ¡Vision cruel! ¡Cruel martirio!
Relámpago que alumbra y deja ciego,
Cardo silvestre bajo hermoso lirio,
Sol que da luz para quemarnos luego.

Por tí pierdo ¡oh rigor! mi fe sencilla,
Por tí me abraso en insondable anhelo,
Por tí dejé mi plácida Sevilla
Y una santa mujer que está en el cielo.

Madre mia, perdon! Mústia la frente,
A ti vuélvome al fin, madre piadosa:
Mírame aquí, poeta penitente
Ceñida el arpa de marchita rosa.

Pero, si, tu verás mi afan prolijo
Aunque á mi estrella tu piedad no cuadre:
Me acusáras tal vez si fueras hijo;
Tú me perdonarás siendo mi madre.

Por tí ¡oh gloria! perdido mi reposo
Y encomendando á Dios la suerte mia,
Del Atlántico mar tempestuoso
A las playas itálicas corria.

Y á lo léjos ví un monte ennegrecido,
Y en la falda del monte vi una roca,
Y un nombre colosal hiere mi oído
Pronunciándolo trémulo mi boca.

¡Roma! Vedla; entre estátuas blanquecinas
Muestra la majestad de su pasado.
¡Tambien tienen su pompa las ruinas!
¡Tambien tiene el silencio su reinado!

¡Roma! ¡Silencio! inmóvil, pavorosa,
Anuncia su altivez en su tristura:
Nadie la ha dado el hoyo en que reposa;
Ella se abrió su propia sepultura.