Esto nos ha acontecido varias veces, y mi mujer, al oir pardon, monsieur ó madame, me preguntaba: ¿qué dice?

—Nos pide perdon, respondia yo á mi mujer.—¿Qué diantre de tantos perdones? Mejor seria que hiciera de modo que no tuviera precision de ser perdonado, y se dejaran de alharacas que no me quitan la molestia del empujon, del aplastamiento de narices, ó del magullamiento del pecho. Realmente, si me magulla un pié, si me disloca un brazo ó si me aplasta la nariz ¿me curará aquel cumplido estéril? No. ¿Qué significa aquel perdon, elevado á virtud social?

¡Ay! significa un hecho, como pudiéramos decir una dolencia, el cual se deja ver en todos los círculos de esta especialísima sociedad. Significa que la imaginacion crea una fórmula exterior, graciosa, dramática, para apoderarse impunemente del espacio y hacer su negocio.

Es cultura, se dice.

¡Cómo! Respondo yo, ¡cultura! ¿Concebís la cultura sin el amor al hombre, sin el respeto al hombre siquiera? ¿Concebís la cultura sin humanidad? ¿Concebís la cultura sin la mútua conciencia de nuestro sér, sin la moral humana? ¡Cultura! Esta idea peregrina me ha herido de una manera particular.

El hombre francés se cree en el caso de estrujar á toda alma viviente, añadiendo el correctivo del ¡perdon! ¿Y qué? ¿Me importará á mí más que me extraigan del bolsillo un franco ó ciento, que el recibir un choque de un semejante mio que corre á sus negocios, y para quien valen más sus negocios que mi pié, mi brazo, mi nariz, mi cabeza? ¡Y qué! vuelvo á decir: porque aquel franco me lo extrajeran con habilidad, con gracejo, con ademan afable y ceremonioso, ¿podria decirse que el ladron era un hombre culto?

Nadie puede decir que no matará á un semejante suyo, á su padre, á su hijo, por un descuido inevitable; pero el hacer una política, una etiqueta, de la facultad de magullar al primer nacido, equivale á usurparme una seguridad que la moral debe garantirme, y juzgadas las cosas en su verdadera significacion, este hecho no es más disculpable que la accion del que extrae de mi bolsillo uno ó cien francos con sutileza y maestría.

Aquí una maestría; allí una ceremonia; en medio una víctima. Que sea robado, que sea tullido, siempre es víctima.

¡Y qué! repito aún: ¿concebís aquí la cultura? ¿Consiste la cultura en la manera de hacer mal irresponsablemente?

Si semejante abuso fuera cultura, ¡bien nos iba á lucir el pelo con ella! Afortunadamente no lo es, como no es salud la muerte que se nos da en un veneno, por más que se nos brinde con el veneno en copa de oro, coronada de flores. No, no es cultura. Los que así profanan este nombre, cometen un crímen que ignoran, y por este lado deben recibir el perdon.