Al ver aquella espada, alumbrada á medias por aquella lámpara fija, cuya luz no tiene otra oscilacion que la que la produce nuestro aliento; al ver aquel testigo mudo de tanto estruendo, de tantas luchas, de tanto heroismo, de tanto entusiasmo; de tanta crueldad y de tanta gloria, el corazon se oprime, y apenas podemos respirar.
Al ver esa lámpara, á la luz de ese fuego sombrío, parece que vemos á Napoleon, sentado en la arena de su destierro, con el codo apoyado sobre una roca, con la frente puesta sobre una mano, contemplando la inmensidad del mar, que lo separaba de aquel mundo que él habia concebido, de la otra inmensidad que él habia soñado. Si la Inglaterra entera hubiese podido caber en el corazon de aquel hombre, la Inglaterra entera se hubiese quemado. Del fuego que ardia en aquel corazon, brotó una chispa, y esa chispa quemó una página de la historia del pueblo inglés. Napoleon es una página quemada de aquella historia.
Al juzgar el pasado en los libros, la conducta de la Gran Bretaña se nos presenta como una crueldad; juzgando aquí, aquella conducta es un remordimiento; un remordimiento para esa nacion, que no se puede definir; misionera hoy, pirata mañana, siempre temible, formidable siempre.
Visto Napoleon en esta pobre cueva, puede decirse que es más grande muerto que vivo.
Al salir, di al inválido que me acompañaba una moneda de veinte francos. No la quiso. Le insté; no la quiso. Volví á instarle, casi le supliqué; no la quiso. Esto no se encomia con palabras. Aquel viejo soldado (¡cuántas veces habrá llorado por su Emperador!) tiene conciencia de la morada en que vive; tiene conciencia de lo que vale la tumba que guarda. El creerá que el Napoleon que allí tiene, vale mucho más que los cuatro napoleones que yo le daba, y cree muy bien. ¡Salud al viejo, al noble, al digno veterano!
Durante la revolucion, el cuartel de los Inválidos tomó el nombre de
Templo de la Humanidad.
Bajo el imperio, se denominó Templo de Marte.
Ir de la humanidad á Marte, es como ir de la Vírgen á las Sibilas, ó del Evangelio á la fábula. Aquí el monte Olimpo se puso sobre el monte Calvario, el alfanje sobre la cruz. De este modo la veleidad febril de los franceses ha estampado su huella, hasta en ese gran monumento, que basta y sobra para la honra de una nacion, y de una nacion grande. He aguardado á decir esto en la calle, léjos de la tumba de Napoleon, léjos de la capilla de San Gerónimo.
Pero, mi querido lector, ahora me acuerdo que, al hablar del palacio de
Luxemburgo, he omitido un detalle que pertenece á estos apuntes.
Cerca de aquel palacio, se ve un edificio algo sombrío, casi oscuro; una casa que parece un castillo feudal, cuyo nombre le cuadra perfectamente, no tanto por lo negruzco de sus piedras, como por lo que tiene de misterioso, de galante y de aventurero. Lo mandó edificar el poderoso cardenal de Richelieu, que fijó en él su residencia, hasta que terminaron el Palacio Real. Posteriormente, esas paredes silenciosas dieron alojamiento á un huésped más ilustre aún. Bonaparte, elevado á primer Cónsul, habitó ese palacio durante seis meses. Fué su morada el entresuelo de la derecha, entrando por la calle de Vaugirard. En aquel entresuelo habia una puerta secreta, la cual daba paso á una escalera misteriosa. Por aquella escalera se subia al piso principal, en cuyo piso vivia una mujer hermosa, muy hermosa y muy desgraciada, porque el llanto es el aura que la mujer respira en los alcázares, como si Dios quisiese castigar el vicio del fausto. Á dicha mujer podian aplicarse los versos siguientes de un célebre poeta italiano: