«Deseo que mi polvo repose cerca de los bordes del Sena, en medio de ese pueblo francés, que yo he amado tanto.» Estas palabras son del mismo Napoleon.

La puerta se abre, y penetramos en un vestíbulo que encierra los sepulcros de Bertrand y Duroc. Luego pasamos á la sepultura de Bonaparte.

Napoleon, en el arco del Triunfo, es un canto.

En la capilla de San Gerónimo, es una plegaria.

En esta sepultura es una sombra.

Doce figuras colosales rodean las cenizas del Emperador. Este enorme grupo parece ser como un jurado de la historia. La tumba es de granito y pórfido, sin ornamento alguno. Este es el mejor ornamento. Aquella desnudez es grande, solemne, religiosa. El espíritu que nos domina al mirar la cúpula, el espíritu que hay allí, ha bajado á este panteon, y ha enterrado ahí un poco de polvo, sin otro ornato ni otra esplendidez que el polvo mismo.

¿Qué ornamento mayor puede darse á un sepulcro que la ceniza que contiene? ¿Qué mayor monumento puede darse al mar, que el inmenso líquido que inunda sus playas?

Esto me parece muy bien. Salgo complacidísimo. Esta bóveda, este subterráneo, esta sepultura escondida, no olvidada, es un digno sepulcro de Napoleon. Es la caridad noble, sencilla, humilde y fervorosa que debe tributarse al genio. Si alguna pompa, si algun fausto, si alguna esplendidez debe haber aquí, está ahí dentro, entre las cenizas de ese hombre, entre los arcanos de esa memoria. La historia, no la piedra, es el panteon de los grandes hombres.

Pasamos luego á una especie de cueva, que está enfrente de la puerta de entrada. Una sola lámpara alumbra este recinto. Entre una atmósfera indecisa de luz y de sombra, distingo un objeto, tendido á lo largo. Es una espada de Bonaparte: la espada de Austerlitz.

Dije que Napoleon, en el arco del Triunfo, era un canto; en la capilla de San Gerónimo, una plegaria; en la cripta, una sombra. En esta cueva, en esta cueva casi sublime, es una vision. ¡Qué elocuencia tan irresistible tienen las sombras! ¡Qué patético tan elevado tiene la oscuridad!