El conjunto del edificio comprende un espacio de treinta y cinco á cuarenta mil varas. Tiene tres pabellones, uno central y dos laterales, y cuatro pisos de elevacion. Puede alojar á cinco mil hombres.
La puerta principal da á un buen vestíbulo, circuido de columnas jónicas, que sostienen un grande arco, orlado de trofeos militares. Este vestíbulo conduce al patio que se llama de honor, cuya longitud no bajará de ciento cuarenta á ciento cincuenta varas, sobre setenta de latitud. Es un patio régio, verdaderamente aristocrático; pero de una aristocracia tranquila, desnuda, humilde; la aristocracia de la extension y de la sencillez; casi una aristocracia del cristianismo. El grupo de caballos que exorna cada uno de los cuatro ángulos, da al patio en cuestion no poca fuerza y majestad.
Antes de hablar de las cosas grandes que hay dentro, diré dos palabras de una cosa muy bella que hay fuera, en lo alto del edificio, recibiendo la luz del sol y de las estrellas. Aludo á la media naranja de los Inválidos. Esta media naranja con sus tres cúpulas, una de las cuales, la de los Bienaventurados, tiene un diámetro de veinte á veinte y cinco varas; con su pórtico, con sus estátuas, con su columnata circular, con sus doce ángulos dorados, con sus trofeos brillantes, con su rica veleta, es una de las creaciones artísticas más acabadas que yo he visto. Al ver la cúpula de los Inválidos, experimento lo que experimenté cuando ví por primera vez la sublime Concepcion de Murillo. Parece que hay algo que está nadando sobre nosotros, que nos coge por los cabellos y nos lleva hácia arriba. Esa arquitectura, como aquel cuadro, tiene un espíritu que nos enaltece, que nos eleva, y esto me convence de que no hay arte en donde no hay esa belleza íntima, impalpable, invisible, espiritual; esa exhalacion, esa chispa, esa esencia, ese poco de aroma sutilísimo que se quema en el interior de nuestra alma. No; no hay belleza sin metafísica; no hay arte sin espíritu; no hay flor aromática sin aroma. El arte, el arte verdadero, el arte profundo y caritativo de aquella Concepcion y de esa cúpula, es un Dios que habla al mundo por boca del hombre. Cuando se hallan creaciones semejantes, el arte se convierte en una especie de revelacion, y se le adora. Sí; yo adoro esa cúpula; yo adoro la pintura que se custodia en un palacio que veo desde aquí. Puesto delante de la Concepcion, yo adoro á Murillo. Puesto delante de la cúpula de los Inválidos, adoro á Mansard, sea ó no sea francés. Si Mansard fuese la Francia entera, yo adoraria toda la Francia.
Mansard fué el arquitecto de Versalles, uno de los mayores héroes que contribuyeron á la grandeza y á la gloria de Luis XIV. Sin embargo, creo que más que el alcázar de Versalles, vale la cúpula de los Inválidos. Creo que Mansard es más grande, mucho más grande, en esa cúpula que en aquel alcázar.
Cuando aparto los ojos de esa media naranja, siento pesar. Es esbelta, atrevida, grandiosa. Parece que es capaz de fe y de esperanza; parece que cree en Dios. Esto hará reir á mis lectores, pero es la expresion genuina de lo que siento. ¡Salud, Mansard!
Indicado lo bello que hay fuera, vamos á lo grande que hay dentro.
Ya nos tiene el lector recorriendo este grande cementerio de muertos que andan. Á pesar de tantos trofeos y de tanto esplendor, aquí se respira la idea de la muerte. Por eso el cuartel de los Inválidos es el edificio más imponente, más grande de Paris. No es el más grande por el conjunto de la piedra, por el arte de la arquitectura, sino por el sentido del establecimiento, por la índole de la institucion. Este cuartel es la casa cristiana de lo que unos llaman heroicidad, de lo que otros llaman barbarie; pero de todos modos, es casa cristiana, porque la caridad es tan vecina de todos los países, que lo mismo puede ejercerse con los héroes que con los bárbaros. Además, hay otra circunstancia que favorece más la idea de que visitamos un cementerio, de que asistimos á un cortejo fúnebre. Al ver tantos cañones, tantos grupos de naciones vencidas, tantas banderas, tantos trofeos, parece que vemos pasar delante de nosotros una procesion de esqueletos ensangrentados. Pero, en fin, el hombre que ahí duerme; el hombre enterrado en esa tumba que vamos á ver; ese hombre que queria trastornar el siglo XVIII y el siglo XIX; que los trastornó hasta cierto punto, como una tempestad trastorna la atmósfera; el cautivo de Santa Elena, que habló tantas veces por boca de esas culebrinas, habló tambien más de una vez por boca de la inteligencia; estos cañones anunciaron un pensamiento, y el pensamiento es un conquistador de tan alta estirpe, que hay que perdonarle muchas faltas. Más valen los errores de la inteligencia que los aciertos de la ignorancia, porque detrás de la primera siempre queda un rastro luminoso, como detrás de un astro queda su disco, mientras que detrás de la segunda queda algo oscuro, como detrás de una tormenta queda siempre un celaje.
Penetremos ahora en la capilla de San Gerónimo. No hay nadie. Un silencio profundo reina en la iglesia, que fué el sepulcro provisional de Napoleon, cuando trageron sus cenizas de Santa Elena, en 15 de Diciembre de 1840, entre la salva del agradecido cañon de Inválidos, y una pompa, y un regocijo, de que apenas se encontrarán ejemplos en la historia del mundo. Acerca, de ese regocijo y de esa pompa, algo se pudiera decir. ¡Qué calamidad la del pueblo francés! Adorar hoy para quemar mañana; quemar ayer para adorar hoy. Pero estamos en la capilla de San Gerónimo, en lo que fué tumba de un cautivo, un cautivo que ese pueblo adora, y ante la sagrada veneracion que un pueblo profesa á un gran cadáver, debo callar.
A través del sarcófago provisional, en que se depositaron los restos de
Bonaparte, se puso la espada que el muerto habia legado al general
Bertran, y el sombrero que llevaba en Eylau, dado por el mismo al baron
Gros.
Seguimos hácia el fondo. Detrás del altar mayor, hay una escalera de mármol, que conduce á una cripta, ó bóveda subterránea, en donde se custodia una sepultura. Bajamos por aquella escalera, hasta llegar á la puerta de la cripta. Esta puerta es de bronce, y está como guardada por dos figuras colosales, que representan el poder civil y el poder militar. Aquellas estátuas inmóviles y silenciosas, parecen dos testigos del otro mundo. En la parte superior de la puerta de bronce, se leen estas palabras: