La linterna circular, rodeada de doce columnas, que corona elegantemente todo el edificio, estará a una altura de ciento cuarenta á ciento cincuenta metros.

Para ir desde la planta baja á lo alto de la cúpula, hay que subir cuatrocientos setenta y cinco escalones.

Cuando llegamos á una gran baranda de hierro que circuye lo alto de la cúpula, el ingeniero que me acompañaba (ya mis lectores le conocen), se empeñó en que yo tenia que asomarme, echando fuera una buena parte del cuerpo, á fin de dominar el enorme cóncavo de la media naranja, y las lejanas naves y paredes del monumento. Yo experimentaba que mi cabeza se deprimia por instantes; sentia que una mano de bronce me aplastaba la frente; ya me creia rodando por aquellas extensas y horribles bóvedas; horribles me parecian á mí, pues miraba en ellas el vacío lóbrego y misterioso de una sepultura. En fin, á despecho mio, arrostrando con cierta vergüenza la nota de cobarde, con que queria picarme el compañero, eché á huir hácia la escalera, casi dando chillidos y con los cabellos erizados. En mi vida me he creido más fuera del mundo. Me parecia que era propiedad de un mago, de un duende, de una bruja.

El ingeniero que me vió huir, echa detrás de mí como un rayo y me coge por los hombros, cuando yo no habia ganado todavía la escalera. Aquí fuéron mis grandes apuros; sudaba como un pollo; balbuceaba palabras interrumpidas, porque no podia hablar, y Dios sabe el esfuerzo que tuve que hacer sobre mi convulsion nerviosa, para no gritar pidiendo auxilio, como si me viera rodeado de asesinos ó de ladrones. ¡Qué sábia ha sido mi mujer! decia yo para mí. ¡Cuándo me veré en donde está ella! Mi mujer no quiso subir, y esperaba abajo. El ingeniero me coge por los hombros, tira hácia atrás, casi me arrastra, y como quien maneja un cadáver, me lleva á la baranda, me inclina el cuerpo, me baja la cabeza y me obliga á mirar, mientras que mis manos estaban asidas fuertemente á los hierros. ¡Es un espectáculo maravilloso! exclamaba con cierto frenesí de artista, un frenesí que le hacia muchísimo favor, que le honraba en extremo; pero que yo no podia comprender, mucho menos que comprender, venerar; y mucho menos que venerar, aplaudir. Yo dejé caer la cabeza sobre la baranda como un muerto, cerraba los ojos como para no desvanecerme; pero era inútil. Todo rodaba; todo me circuia dando vueltas en una confusion diabólica. No sé si porque ví algo al cerrar los ojos, ó por una adivinacion incomprensible del fluido eléctrico que me volvia loco: más claro, no sé si porque ví algo con mis ojos ó con mi gran miedo, me parecia estar mirando aquella formidable concavidad, al mismo tiempo que me imaginaba dando vuelcos por aquella region, muy maravillosa, muy sorprendente; pero muy vacía. ¡Dios le pague al buen ingeniero la excelente intencion con que obraba; pero se acabó el ir con él á la visita de ningun monumento que tenga más de un piso! Yo no puedo significar lo que padecí, las crueles angustias que pasé, las extravagantes y monstruosas visiones que se apoderaron de mi imaginacion. El ingeniero, que arrebatado del entusiasmo de su noble oficio, no veia que yo estaba medio difunto, me preguntó con aire orgulloso qué me parecia. Yo me apresuré á manifestarle que me habia parecido asombroso, que estaba lleno de admiracion y de regocijo, que no lo olvidaria en mi vida (era la verdad), y diciendo esto, y estudiando sus ademanes, me dirigia á la escalera. Luego que bajé el primer tramo, dí un suspiro, y saltaba los escalones de dos en dos, temeroso sin duda de que el ingeniero viniera á cogerme segunda vez. ¡Oiga usted! ¡Venga usted aca! me gritaba desde arriba. ¡Verá usted un grupo magnífico! Yo saltaba antes los escalones de dos en dos; ahora los saltaba de tres en tres, contestándole al mismo tiempo: sí, señor, un grupo muy magnífico, allá voy, espéreme usted, y miraba hácia bajo, para ver si faltaba mucha escalera. Creí no llegar; hasta sospeché que habia equivocado el camino y que marchaba hácia las nubes. Por fin llegué, por fin pisé tierra, por fin ví á mi mujer que ya estaba impaciente, y que me pareció sumamente hermosa. Me figuré que veia una divinidad.

El ingeniero estuvo por allá una media hora. Entre tanto, en union de mi compañera, visité el interior espléndido de esto que no sé cómo denominar: si necrópolo ó templo, si protesta ó fe, si reliquia ó profanacion, si monte Calvario ó Roca Tarpeya.

Frescos brillantes, fastuosos, casi lascivos; apoteosis de Bonaparte, hombres ilustres de la república y del imperio; Fenelon, Malesherbes, Mirabeau, Voltaire, Rousseau, Lafayette, Carnot, Manuel, Monge, Laplace, David, Bichat, Lagrange: es decir, allí está todo lo que debe estar en un arco de triunfo, en una academia, en un teatro, en un cementerio, en un museo, en un alcázar: no hay nada de lo que debe haber en una iglesia: victorias, apoteosis griegas, pinturas romanas, la libertad, el genio, el valor, la ciencia, la historia; guerreros, teólogos, protestantes, cismáticos, realistas, republicanos, poetas, cirujanos, matemáticos, críticos, filósofos, inventores; todo eso he visto allí: no he visto un santo. Sin embargo, esto que visitamos, esto que vemos, este resplandor que nos ofusca, que nos fascina, es un templo católico. En un templo católico están Voltaire, Rousseau, Diderot y otros compañeros de la Enciclopedia: no están Bossuet, Bourdaloue, Flechier, Masillon. Ya lo he dicho en otro lugar de estos apuntes, pero hay cosas tan raras y originales, que no basta decirlas una vez.

Este edificio, como la Magdalena, es una cosa santa sin santidad: es una santidad á la fuerza, mandada guardar y cumplir como ley de Estado, á la manera del Jehovah hebreo. Todo es Dios en esta irreverente iglesia, menos Dios: todo es iglesia, menos la iglesia. Los franceses deben estar muy satisfechos de esto, porque, realmente, esto es muy francés.

Muchos franceses creen (yo lo he oído) que el Panteon parisiense es de un mérito superior á la Basílica Romana. Me parece que esta opinion es una lisonja con que se adula el espíritu nacional. Al comparar estas dos grandes páginas de la historia del arte, no debemos remontarnos á la poesía de los templos, porque el Panteon no lo es. Hablarémos de los edificios; es decir, de la piedra.

Santa Genoveva, obra de un solo hombre, realizacion de un solo pensamiento, tiene más unidad, más simetría, más órden.

El Vaticano, en donde cada siglo pone muchas estátuas, tiene infinitamente más fecundidad, más grandeza, más galanura, más esplendidez.