Una mujer recorre las murallas.

—Que me sigan doce guerreros de vosotros, grita, y doce guerreros la siguen.

Aquella mujer encuentra víveres en las ciudades de Arsi y de Troyes, y
Meroveo no tomó á Paris.

Pasan cuatro siglos. Los normandos asedian la ciudad. En el momento en que el enemigo daba el asalto, el ataud que contenia el polvo de una mujer, recorre en procesion las murallas. Al mirar entre ellos aquel ataud, los parisienses gritan de entusiasmo y de júbilo, como si viesen venir en su auxilio á un ejército numeroso y triunfante. Los normandos no tomaron tampoco á Paris.

La mujer que salvó á los parisienses de Atila y Meroveo con su palabra y con su fe; la que los salvó de los normandos con su ataud; aquella mujer que salvó á un pueblo con un puñado de cenizas, cuyo polvo fué más poderoso y más valiente que la pica de los guerreros, era una muchacha llamada Genoveva; la misma muchacha que rompió á llorar, oyendo la voz de San German de Augerre; la misma á quien dió el santo la medalla de cobre con la efigie del Salvador; una muchacha á quien Nauterre llama hija, á quien la Iglesia llama santa, á quien Paris llama Patrona, á quien yo llamo un nobilísimo carácter histórico.

De la reseña que acabo de hacer, viene ese monumento que visitamos.

El rey Clovis, cediendo á las instancias de Santa Genoveva y de la reina Clotilde, levantó una iglesia, dedicada á San Pedro y San Pablo, en el monte llamado Lucotitius, que dominaba al antiguo Paris.

En aquella iglesia fuéron sepultados los restos de la Santa, á quien Paris debió tres veces su salvacion, y la fe y la gratitud que inspiraba aquel nombre, hizo olvidar la primitiva advocacion de los santos apóstoles. La veneracion pública dió al templo de Clovis el nombre de Santa Genoveva. Vienen los normandos en el año 887, y la iglesia de Santa Genoveva fué presa de las llamas. En el siglo XII se reconstruyó; pero en el XIV amenazaba ya ruina, y hasta el XVIII no vió Paris alzarse ese magnífico monumento. Lo principió Luis XV, y hago mérito de esta circunstancia, porque quien da su nombre á un monumento de tal tamaño, tiene positivamente derecho á que la posteridad no lo olvide.

Cuando se desemboca á la plaza del Panteon, la fachada de aquel gigantesco edificio viene á cautivar deliciosamente el ánimo del que lo contempla. Un monumento como el que tengo delante, se contempla, no se mira. Compónese aquella preciosa fachada de una galería y de un gran pórtico, imitacion del Panteon romano. Tiene veintidos columnas estriadas de órden corintio, de veinte metros de elevacion, y dos de diámetro, sosteniendo un fronton triangular de una longitud de treinta y tres metros, sobre una latitud de siete si son exactos, como creo, los informes que aquí nos dan. El arte ateniense tiene el genio de hacer que el mármol sea casi aéreo, casi vaporoso, y eso se nota aquí. Parece que esas columnas y ese enorme fronton se mueven, parece que se disponen á partir, á dejar la tierra, como cuando un pájaro levanta la cabeza y agita las alas, en actitud de querer volar.

El plan general de ese atrevido monumento, de esa altísima concepcion, representa una cruz latina. La componen cuatro naves, poderosamente dominadas por una sola cúpula, que se alza en el centro. Todo el edificio comprende un espacio de ciento trece metros de longitud, ochenta y cinco de latitud, y ochenta y tres de altura.