—¿Sabes, repuso San German, los sacrificios, las virtudes, el olvido y la fe que te reclama el estado á que aspiras?

—Yo no sé nada, contestó la muchacha, turbada aún. No sé más, sino que deseo vivir para mi Salvador. Y diciendo esto, se puso de rodillas, y besó la mano á San German.

El santo le dió su bendicion, y una medalla de metal, en que estaba esculpida la efigie de Cristo.

Los misioneros parten, Nanterre los saluda con gritos de fervor, y la muchacha quedó allí. Es probable que allí viviera oscuramente durante algun tiempo; pero no estaba sola. La fe es una grande y poderosa compañera. Por fin, la muchacha en cuestion deja su pueblo, su casa y su familia, buscando una familia, una casa y un pueblo más grande. Inútil es decir que los halló: el genio lo halla todo.

Pasan algunos años. El rey de los Hunos, el azote de Dios, el formidable Atila, se dirige á Paris. Aterrorizada la ciudad, al tener noticia de que llegaba el Neron del Norte, todo el mundo se disponia á salir, dejando sus casas en manos del saqueo, de la profanacion y de la barbarie. He dicho todo el mundo, y esto no es exacto. Una mujer, una mujer sola, débil, desconocida, pobre, descalza, con un cordon á la cintura, con los cabellos sueltos por la espalda, con los ojos inflamados, con la mano derecha suspendida, mostrando una medalla de cobre, recorria las calles de Paris, apostrofando á unos, consolando á otros, exhortando y animando á todos.

¡No temais, no temais! El cielo vela por la ciudad.

Esto gritaba aquella mujer, y luego corria, y volvia á gritar, y corria nuevamente, y en todas partes se encontraba.

No hay medio posible: ó es una santa, ó una loca.

Paris se detiene, cobra fe, prepara la defensa, espera al salvaje conquistador. Atila no tomó la ciudad.

Despues de Atila viene Meroveo, y pone á Paris estrecho sitio. El hambre diezmaba á los sitiados que se contemplaban unos á otros silenciosamente, y en sus rostros escuálidos se veia escrita la terrible sentencia: ó entregarse ó morir.