La veneracion pública borró el nombre de San Pedro y San Pablo, para llamar al nuevo edificio Santa Genoveva.

La Asamblea constituyente borró el nombre de Santa Genoveva, para denominarlo el Panteon, despojándolo del culto católico.

Napoleon I no le volvió el nombre de la santa; pero le devolvió su culto.

La restauracion borra el nombre de Panteon, para llamarlo nuevamente
Santa Genoveva.

La revolucion de Luis Felipe vuelve á borrar el nombre de Santa
Genoveva, para darle el de Panteon.

Napoleon III, en 1852, vuelve á borrar la advocacion revolucionaria de
Panteon, para darle el nombre religioso de Santa Genoveva.

Mañana ú otro dia volverá á llamársele Panteon, para volverle á llamar luego Santa Genoveva, Panteon despues, y Santa Genoveva más tarde, hasta que por fin venga al suelo, quedando para siempre la memoria confusa y revuelta de Santa Genoveva y de Panteon.

Si se pudieran averiguar todas las veces que el pueblo francés ha dicho hoy ¡muera! á lo mismo que ayer dijo ¡viva!, es seguro que se formaria la historia más curiosa del universo. No debe negarse que en todos los países suceden mil extravagancias; pero lo que es extravagancia en otras partes, es aquí consecuencia. El prurito, el frenesí, casi la locura de variar, es lo único que en Francia no varia: lo único estable es lo voluble. Un ¡viva! equivale aquí á una escalera que conduce irremisiblemente al patíbulo. No tengo la ambicion de ser victoreado en ningun pueblo de la tierra; menos que en ningun otro, en este devorador Paris. No estoy tan mal con mi pescuezo.

Otro dia bajaré al subterráneo, en donde se custodian las cenizas de Voltaire, Rousseau, Diderot, y algunos otros personajes célebres. No bajo hoy, ya porque los novecientos cincuenta escalones que he bajado y subido, han quitado á mis piernas el gusto de subir y bajar; ya tambien porque llevo un compañero sospechoso. El ingeniero que me acompaña tiene una frenética aficion á todas las cosas de la antigüedad; es un arqueólogo furibundo, y estoy cierto que si bajo con él al Panteon, me obligará á meter la cabeza por todo nicho, sepultura, grieta, rendija, escondrijo y recobeco que vaya encontrando. Si hubiese un abismo por allí, es seguró, tambien que me obligaria á meter las narices en el abismo, como me obligó á mirar la cúpula desde la baranda de hierro, á la altura de un décimo piso. La verdad, dicho sea sin ofender á nadie, no tengo ninguna comezon por ser héroe ni en las profundidades, ni en las alturas.

Salimos del templo, atravesamos la plaza, cruzamos luego por San
Sulpicio, y á los cuatro minutos nos vemos en el muelle de Voltaire.
Pasamos uno de los puentes, y véanos el lector en la otra orilla del
Sena, en el momento en que uno de los vapores que van á Versalles se
dispone para partir.