La orilla del río presenta un espectáculo animado, extraño, pintoresco, delicioso. Unos salen, otros entran, todos corren; se agolpan; se apiñan; las marras del buque se sueltan; el humo asoma; las ruedas se mueven; el agua salta convertida en espuma; el vapor parte. Al clamoreo festivo de la despedida, sucede un silencio general. El tiuque se desliza sobre aquella corriente azulosa, como una culebra sobre el musgo de un prado verde. No bien habia partido, cuando llega una pobre señora con dos criaturas. Tiene los labios entreabiertos, la boca seca; los ojos dilatados; la frente sudosa é hinchadas las narices, efecto de cansancio. La infeliz madre, al mirar que el vapor se alejaba, se quedó inmóvil, con un niño en los brazos y el otro cogido de la mano, sin saber lo que la pasaba. Es seguro que tenia el aliento suspendido.

Luego exclamó: ¡que je suis malheureuse! ¡J'arrive tard toujours!
(¡Qué desgraciada soy! Siempre llego tarde.)

Despues de estar en la misma actitud dos ó tres minutos, hizo un ademan de forzosa resignacion, y se volvió con sus dos niños.

Nosotros permanecimos en el muelle, hasta que el buque desapareció. Ver un vapor en medio de una ciudad populosísima, como si nos hallásemos en las márgenes del Océano, es un panorama que me tiene encantado.

Luego que ya no divisamos el buque, nos dirigimos á la plaza de la Concordia, con ánimo de tomar el ómnibus que viene del arco de la Estrella. Á los pocos pasos que dimos, nos encontramos con un hombre que estaba sentado sobre el muelle, inmediato á una cuerda que iba á sumergirse en el rio. Al ingeniero le faltó tiempo para preguntarle qué significaba aquella cuerda. El hombre contestó que era una máquina, dentro de la cual se bajaba al fondo del rio, pudiendo ir sentado con la mayor comodidad, y llevar los ojos abiertos. Desde la, máquina en cuestion se veia el fondo del Sena, la diafanidad de las aguas, los barquichuelos que pasaban por encima, y otras curiosidades á este tenor. Nuestro ingeniero hizo una exclamacion de alegría. Se conoce que habia ido á Paris en busca de lances estupendos, y la cuerda realizaba una de sus soñadas maravillas. Inmediatamente me coge por los hombros, y se empeña en que habia de bajar con él al fondo del rio, á una profundidad de diez ó doce varas. Yo me quedó mirándole entre amostazado y risueño: por fin le dije: pero, hombre, ¿usted se ha formado el propósito de que yo no salga entero de Paris? ¿Cómo quiere usted que vaya á rastrear el fondo del Sena, incrustrado en una máquina de vidrio? ¿Y si casualmente se rompe un cristal, y la máquina se llena de agua y me ahogo? Espere usted que me haya convertido en cangreo, y entonces bajarémos juntos.

—No, señor; no, señor; exclamaba con mucha prisa, como si la ocasion se le escapara de las manos, y sin soltar mis hombros. Es necesario probar la máquina. ¿Qué se diria de nosotros en Madrid, cuando se supiera que no habiamos bajado por miedo?

—Déjeme usted por el amor de Dios, le contestaba yo sonriendo. Madrid puede decir lo que tenga por conveniente; pero yo no estoy en el caso de hacer el buzo, para dar un buen rato á las tertulias de Madrid….

—Nada, nada, repetia, y apretándome más fuertemente, previno al hombre que subiera la máquina.

Al notar mi mujer que el hombre tiraba de la cuerda, me cogió del brazo con resolucion, diciendo al ingeniero.

—Usted puede bajar, si gusta; lo que es mi marido no se mete ahí, y tiró de mí valerosamente hácia la plaza de la Concordia. Mi hombre no se atrevió á habérselas con una señora, y tuvo que capitular, bien á pesar suyo. Si mi mujer no se convierte en casa de asilo, me coge y me empaqueta en la máquina de cristal, como me llevó casi en vilo á colocarme sobre la baranda del Panteon.