—Noto, le dije, al par que caminábamos hácia la Concordia, que la arqueología de usted tiene instintos atroces. Seria menester, amigo mio, que diese usted más humanidad á sus caballerescos antojos.

—No son antojos caballerescos; son quimeras artísticas.

—Pues seria menester que tuviese usted quimeras artísticas más amables.

En esto llegamos á la Plaza, cerca de cuyo muelle hay una fragata, surta en el rio, como ya he dicho en otro lugar de, estos apuntes.

—¿Una fragata? exclamó el ingeniero. Pues vamos allá.

Creo que si le muestran en Paris el purgatorio, se mete dentro con medias y ligas.

Fué preciso ceder. Vimos la fragata, y tomamos encima de cubierta, debajo de un elegante toldo, varios refrescos que pedimos. Esto es otra cosa que la máquina de vidrio, y que la baranda de Santa Genoveva.

Salimos de allí, cruzamos la Plaza, llega el ómnibus, montamos en él, y á los veinte minutos nos hallábamos en la puerta de nuestra fonda. El ingeniero no quiso subir, porque tenia que continuar sus excursiones. ¡Todavía no estaba satisfecho, cuando yo tendré que hacer cama por la batahola del Panteon! Al separarse de nosotros, exclamé para mi coleto: ese hombre ha equivocado el oficio; ha nacido para hacer piruetas en la maroma.

Vamos á la comparacion entre Rothschild y Salamanca. No voy á hacer una pintura, sino un boceto, al mismo tiempo concebido y ejecutado. No debo ocultar que lo escribo con miedo; pero la buena fe me salva.

La Europa presenció, no ha mucho, un congreso de soberanos. En ese congreso entra Rothschild, y todos los reyes se levantan y se destocan, menos el de Holanda, que era el único que no le debía. Despues de esto, acaso no seria temerario decir que aquellos reyes se destocaron ante su rey, lo cual significa que el dinero es el rey de los reyes de nuestro siglo, porque claro es que aquellos soberanos no acataban en Rothschild otra teología, otra heroicidad, otra ciencia, otro arte, que el dinero. Ese es Rothschild; una especie de rey universal, un gran monarca de nuestros tiempos, ante quien los monarcas dinásticos se destocan.