Dejo el sueldo sobre el mostrador, y oigo merci.
Me despido, y oigo merci.
Los lectores que no me conozcan, creerán que exagero. No diré que esto suceda en todas las tiendas de Paris, pero refiero hechos que me han sucedido, y acerca de los cuales tengo la evidencia de lo que sucede á uno propio. Dios no me dé salud si miento.
En la calle de Montmartre, cerca de la calle Feydeau, hácia el bulevar de los Italianos, hay una bollería. Pues bien, en esa bollería me han dado cuatro mercis por un bollo que valia un sueldo, ó sea tres ochavos. ¡Cuatro gracias por tres ochavos! ¡Ni á ochavo por gracia!
Esto me aflige, me contrista, me ahoga; y como no puede menos de ser, me quita el gusto del trato social. No me gusta una gente tan excesivamente graciosa.
Voy á buscar un pan, un pan que necesito, un pan que vale un sueldo; yo doy un sueldo del mismo modo que á mí me dan un pan; yo hago el favor que recibo; propiamente hablando, no hago favor ni me lo hacen, porque la mutualidad no es favor; porque no es favor el préstamo de la existencia: ¿por qué esas cuatro gracias que vienen á llenarme de melancolía, porque vienen á darme cuenta de profundas llagas sociales, en un pueblo que se llama tan civilizado? ¿Por qué esas gracias que convierten en un alarde ceremonial y mentiroso la fraternidad que nos debemos, la verdad eterna del hombre, porque es la verdad de la causa creadora, la verdad de Dios?
Pero á esto se dice: natural es que suceda tal cosa, en un pueblo donde la competencia representa tantos intereses y tantos goces. El mercader de una pobre aldea, no tiene precision de ser amable, puesto que en la aldea no hay más mercancía que la suya; pero en Paris, la amabilidad es el gran secreto de grandes empresas y de muchas familias.
Yo contesto que he estudiado lo que sucede sobre el teatro del suceso, y no encuentro la explicacion en la competencia.
Centros notabilísimos son tambien Lóndres, Hamburgo, Francfort,
Constantinopla, San Petersburgo, y no sucede lo que en Paris.
Yo comprenderia que la competencia pudiese explicar aquel fenómeno de la índole francesa, cuando cada uno usara del merci de un modo especial, cuando cada cual lo revistiera de una forma que le diera la expresion y el interés de su particular ingenio: más claro, comprenderia lo que se dice, cuando el uno pronunciara el merci con una corneta, el otro con un clarinete, el de más allá con bombo ó platillos; pero si todos dicen el merci con el mismo acento habitual, con el mismo grado de sonrisa autómata: si el merci es un mercado comun, ¿en donde se concibe la competencia?