—¿Cómo está usted?

—Regular: ¡gracias! ¿Y usted?

—Voy pasando: ¡gracias!

—¿Y su familia?

—No tiene novedad: ¡gracias!

Yo pregunto á los que opinan que la competencia explica este contínuo é indigesto merci: ¿tambien la competencia explica esto en el trato social íntimo, en el seno de la familia? ¿Tambien la familia y la amistad son mostradores de mercader? Pues la familia y la amistad reconocen tambien aquella fórmula.

Pero este fenómeno singularísimo es más trascendental de lo que parece á primera vista.

¿Qué quiere decir el dar las gracias á un semejante nuestro porque pregunta por nuestra salud? ¡Poder del cielo! Tambien este cuidado, este saludo de la moral universal, esta hora solemne y sagrada del corazón del hombre, tambien esto ha de estar sujeto al compás de un sonido vano, de una ficcion?

Pues si el vernos objeto de un cuidado tan natural merece las gracias, cuando adelantemos algo en esta línea de decepcion, ¿quién no concibe que llegará tiempo en que darémos gracias por no ser saqueados ó muertos á puñal?

¡No! Este hábito no es ni competencia, ni amabilidad, ni menos cultura. O es un olvido de las ideas sociales y morales que todos los hombres nos debemos, ó es el sacrificio de aquellas ideas venerandas, en aras de una fantasía que crea aquí tambien una forma hipócrita, para hacer bello aquel sacrificio con los ornatos de un arte servil y egoísta. ¡Tambien entra aquí el palaustre!