Ante una oratoria tan elocuente, nuestro guia inclina la cabeza, coge unas llaves, hace señas á tres caballeros y dos señoras que aguardaban, entra por una puerta lateral, abre otra, baja una escalera, y todos empezamos á bajar tras él, despues de abrir paso á las dos señoras, qué parecian ser personas muy distinguidas. Luego supimos casualmente que eran escocesas.

Estamos á siete ú ocho varas de profundidad. Hay poca luz. Los techos son bajos, abovedados, y no ofrecen nada de grande, de majestuoso, de imponente, ni de magnífico. Al contrario, despues de admirar el monumento de arriba, el monumento de abajo parece ruin; mejor dicho, no parece monumento, porque no hay monumentos ruines. Sin embargo de que la oscuridad habla tanto á mi corazon; sin embargo de que no hay para mí una poesía tan grande como un sepulcro; sin embargo de que un ciprés me llama mucho más la atencion que unas pirámides, declaro con pena que he recibido una ingrata impresion. Esto dista infinito de ser lo que yo me habia figurado, lo que todo el mundo se figura y debe figurarse, cuando sabe que una Asamblea Constituyente decreta que tome el nombre de Panteon, lo que la creencia y la gratitud de todo un pueblo llamaban antes Sta. Genoveva. Yo creía, como yo creian los demás, que el Panteon era un monumento más grande que la iglesia, puesto que la iglesia habia desalojado su primer puesto, para cederlo al Panteon. La Asamblea Constituyente debió darle el sér antes de darle el nombre, porque de otro modo es un nombre sin sér. Lo declaró poema sin darle poesía; lo declaró tiniebla sin darle sombra, y esto es gana de hablar. Ya dije que en Francia se hacen muchas cosas, infinitas cosas, por ganas de hacer, como se dicen otras por ganas de decir, como se piensan otras por ganas de pensar.

Creo que he dado con la expresion: esta capilla subterránea es una tiniebla que no tiene sombra, ó bien una sombra que no tiene tiniebla.

Estamos en el sepulcro de Voltaire, de este gran revolucionario, de este gran invasor, de este gran rey, como le apellidaba tan admirablemente Federico de Prusia. Esto no es una tumba histórica; no es tampoco un sepulcro; no es ni una sepultura. Es un escondrijo con cuatro paredes; un cachivache con una estátua, un hoyo, una losa, y un epitafio. Esta especie de zaquizami dista tanto de estar á la altura de Voltaire, como la capilla subterránea de estar á la altura del nombre de Panteon.

La estátua de Voltaire se celebra mucho por los franceses. A mí no me gusta. Esto procederá indudablemente de que no lo entiendo; pero para mí no es cuestion de filosofía, sino de gusto. Creo que el gusto es la gran escuela de las artes, y no me gusta ese mármol que miro, porque ahí Voltaire no parece un hombre de talento, sino una inteligencia maliciosa. Las arrugas de ese semblante, lo hundido de esas sienes, lo agudo de esos pómulos, lo contraido de esos labios, lo furtivo de esa mirada, significan, malicia, perspicacia, argucia; no significan un entendimiento liberal, extenso, vario, rico, fecundo, inagotable; me significan el entendimiento de un Voltaire. Voltaire en esa piedra es más bien un hombre de chispa, no un hombre de genio. Los que comprendan algo, aunque no sea sino por instinto, por barrunto siquiera, acerca de lo que es genio y de lo que es chispa, podrán explicarse el por qué no me gusta esa estátua que estoy viendo. Digo de esa estátua lo que antes dije del subterráneo. El subterráneo no es monumento, porque no hay monumentos ruines, del mismo modo que esa estátua no es estátua para mí, porqué no hay estátuas que se ven con disgusto.

Yo murmuré sobre el particular algunas palabras al oído del brigadier; el conserje hubo de apercibirse, y empezó á explicarme las maravillas de aquella piedra, como si quisiese tomar á empresa el persuadirme, en honra del difunto cuyas cenizas nos escuchaban.

Yo dije al conserje: eso que se ve en esa piedra, es la estátua de la malicia; la malicia es el talento de la ignorancia, y Voltaire, el jefe de la Enciclopedia, el primer revolucionario de su siglo, el Robespierre literario del mundo, la admiracion y el susto de la historia, Voltaire, señor conserje, es algo más que un ignorante.

El conserje hizo un gesto agridulce.

La inscripcion del sepulcro dice:

Ses manes sont ici; son génie est partout. (Sus manes están aquí; su genio está en todas partes.)