A un loro; Julia Amengual
Da de besos un tesoro.
Y á esto dice Don Pascual
Qué á falta de otro animal
Pasa el rato con su loro.
EL brigadier, por un efecto de hidalga galantería, celebró mucho estos malos versos, y comiendo y conversando como buenos amigos, llegamos á Santa Genoveva. Despues de visitar el monumento que ya conocen mis lectores, aunque muy superficialmente, manifestamos, al conserje nuestro, deseo de visitar el Panteon. Advierta el lector que yo no he andado esta vez por la linterna circular ni por la cúpula, ni he subido un solo escalon, sino que he esperado á pié firme en la planta baja, contemplando una pintura al fresco, copia no muy feliz de Rafael de Urbino. Temí que el brigadier tuviera algun antojo, parecido á los invasores antojos del travieso ingeniero. Vuelto el brigadier, tratamos de bajar á la capilla subterránea, como ya dije; pero se ofrecia una dificultad. El conserje nos manifestó que teniamos que esperar algun tiempo.
El brigadier, que á su despejo natural, une la impaciencia del soldado, preguntó al conserje por qué razón teniamos que esperar el tiempo que decía.
El conserje le contestó que debian reunirse doce personas para bajar á la capilla.
Esto picó la desembarazada curiosidad de mi compañero, que volvió á replicar á nuestro guia:
—Pero ¿por qué razon tienen que juntarse doce personas, para bajar á la capilla subterránea? ¿Es esta costumbre, por ventura, una ritualidad del establecimiento, ó como si dijeramos un estatuto de esta iglesia?
—Non, monsieur, (no, señor) murmuró el conserje, y bajó la cabeza, pareciendo que rezaba entre dientes. El brigadier me echó una mirada, como para decirme, si yo comprendia; yo echó otra mirada al brigadier, como si quisiera contestarle que no entendia una jota de aquella rara pantomima, y ambos miramos al conserje, el cual tenia vueltos los ojos hácia la puerta principal, en significacion sin duda de que no queria responder. Pero mi compañero, que no es hombre que se acorbarda ante la distraccion estudiada de un conserje, volvió á llamarle la atencion de un modo resuelto, tan resuelto, que nuestro guia conoció que estaba en el caso de capitular. Los conserjes son gente en extremo conocedora.
—Entendámonos, si á usted le parece, le dijo el brigadier con ademan suelto y apremiante. ¿Hay alguna ordenanza de este cabildo, por la cual se manda que hayan de ser doce personas las que bajen siempre al Panteon?
—No, señor, no hay tal ordenanza; pero hay la costumbre de que cada persona que baje al Panteon, tiene que pagar. 25 céntimos (un real de nuestra moneda), y como yo no abro las puertas de aquel lugar por menos de tres francos, tengo que esperar que se reunan doce personas….
—¡Enhorabuena! exclamó el brigadier. Nosotros darémos á usted los tres francos, y todos los francos que sean menester, sin necesidad de esperar á nadie. Con que ¡á la capilla!