—¿Por qué?
El conserje movió la cabeza. Todos nos echamos á reir. Los franceses son los únicos hombres del globo que hacen cosas, las cuales obligan á que los cristianos se rian en el momento de visitar un Panteon. Ya dije, no há mucho, que el patético de los franceses hace á un mismo tiempo llorar y reir, y lo que nos acaba de pasar es una prueba incontestable de que no los he calumniado. Es un patético que juega con las cenizas de los hombres. Al hablar de la Bolsa dije que ni las piedras están á salvo del genio francés; ahora debo añadir que no está seguro ni el polvo del que ha muerto hace muchos siglos.
Atravesamos un pasillo oscuro, muy oscuro, tenebroso. Aquí principia á ser esto Panteon. El Panteon principia en donde el Panteon concluye. Despues entramos en una gruta, en donde se percibe confusamente alguna claridad. Cualquier sepulcro que sé pusiera aquí, seria positivamente más sepulcro que las covachas que hemos visitado.
El conserje se detuvo y calló. Todos nos detuvimos y callamos. El conserje permanece mudo, todos enmudecimos del mismo modo. Nadie respira, no se oye ni una mosca. ¿Qué significa esto? Á través de la escasa luz que allí habia, todos queriamos mirarnos mútuamente á las caras, como para ver qué gestos hacíamos ó qué nos parecia aquel silencioso entremés. De pronto, como un rayo cae de las nubes, como el tañido arranca del golpe que el badajo da en una campana, se oye un estruendo agudo, agudísimo, formidable; un estruendo que viene á caer encima de nosotros, que parece aplastarnos. Todos creimos que el Panteon se hundia, y que la cúpula, y las naves, y los techos, y las columnas, aquella enorme masa revuelta y confundida, se desplomaba sobre nuestras cabezas. Las dos señoras arrojaron un chillido que nos heló la sangre; yo creí que la tierra faltaba á mis piés, y me agarré frenéticamente á los hombros del brigadier Rotalde.
Sin que nosotros pudiéramos verlo, porque no habia la necesaria claridad, el conserje cogió un gran tambor que tenia oculto en uno de aquellos rincones, y sacudió en él un fuerte golpe, que aumentado increiblemente por un notable efecto acústico de aquellas bóvedas, produjo el estrépito de que he hecho mencion.
Luego que nos enteramos de la causa de aquel aparente terremoto, nos tranquilizamos, y nos dispusimos á saborear el extraño chiste de aquel espectáculo.
El conserjé, despues de hacer varias evoluciones con el tambor, bajó la voz todo lo que pudo, y con un acento apenas perceptible, decia: ¿Qué quieres? ¿quién eres? ¿qué buscas aquí? Y á lo léjos, muy á lo léjos, como un aviso del otro mundo, con la expresion autómata de un hecho mecánico, repetia el eco casi apagado: ¿qué quieres? ¿quién eres? ¿qué buscas aquí? Aquel acento ténue, sutilísimo, se iba haciendo cada vez más remoto, hasta que parecia perderse entre los escombros de aquellos sepulcros, como, el acento de un moribundo parece perderse entre los misterios de la eternidad. Las señoras chillaban furtivamente á despecho suyo, y habia hombre allí á quien se erizaban los cabellos. En aquel lugar se experimenta una emocion en que entran á la vez la sorpresa, la curiosidad, el asombro y la maravilla. Hay algo de arte, de religion y de fanatismo.
A los pocos minutos estabamos arriba. Nos despedimos de nuestros subterráneos compañeros, no sin haber dado un napoleon al conserje, y al mismo tiempo, que atravesamos la espléndida nave de Santa Genoveva, el brigadier me dice:
—¿Qué le parece á usted?
—Es una cueva, le contesté; no es un Panteon. Son hoyos, no son tumbas. No nos preocupa la idea de la muerte, sino la idea de un cautiverio. No hay espíritu allí, no hay providencia; todo es humano, ni aun humano; todo es francés.