Esta iglesia, añadí, es un templo sin Dios.
Aquel Panteon es un panteon sin sepulcros.
Pasan tres horas, que hemos empleado en comer, el brigadier en su fonda de Bilbao, yo en el restaurant de las Columnas con mi compañera. Allí presenciamos una disputa de que daré cuenta otro dia. Antes de ir á las Columnas, escribí tres cartas á mis buenos y excelentes amigos de Reus. Mis lectores ignoran, como no puedo menos de suceder, la grande y justísima estimacion que profeso á esa ciudad, la cual ha sido uno de los pueblos de España que ha prestado una hospitalidad más generosa á mis pobres escritos, así políticos como literarios y filosóficos. Despues, en circunstancias muy difíciles para mí; en momentos de tribulacion y de amargura; en esos momentos trabajosos en que el hombre conoce si tiene algun amigo, la ciudad de Reus, la noble, la honrada, la laboriosa, la liberal ciudad de Reus, ha entrado siempre por las puertas de mi casa, trayéndome ánimo y consuelo. ¡Dios querrá que sea tan feliz como lo merece por sus sacrificios, por sus deseos, por su cultura y por sus virtudes! Acepta, pueblo á quien amo sin haberte visto; acepta este saludo que te envia un hombre humilde, como prenda de eterno cariño y de lealísima gratitud.
Verificada la comida, volví á nuestra fonda con mí mujer, la dejé allí ocupada en escribir á su familia, y yo me dirigí inmediatamente al boulevart de los Italianos, en donde está la fonda Bilbaina. El brigadier me esperaba ya, ocupando su puesto en la carretela, acompañado de otro amigo. Llego, monto, me siento, y el coche arranca. No habian pasado nueve minutos cuando nos encontramos, cerca de la barrera que circuye á uno de los cafés cantantes de los Campos Elíseos. Entramos, nos apoderamos de una mesa, se agolpan los mozos (los mozos de los cafés cantantes son linces), y pedimos cerveza con bizcochos, unos bizcochos particulares que hacen en Paris. Principia á oscurecer, aunque hace rato que se han encendido los faroles; miles de luces oscilan en todas partes á impulsos del viento; no hay árbol, ni arbusto, ni columna, ni espacio de barrera, en donde no aparezca un resplandor. En este momento se enciende, la elegante lucerna del teatro, entre cien mecheros de gas que ya lucian, y entre cien guirlandas de flores que decoran el techo y las paredes de la escena. Cualquiera diria que en aquel lugar iba á verificarse la representacion de algun prodigio, de algun encantamiento ó cosa semejante. Parece que en ese teatro de mágia no debe ser actor otro personaje que un hechicero. Entretenidos en mirar aquella mímica brillante, nadie tocaba á la cerveza ni á los bizcochos. Yo no quitaba ojo al brigadier Rotalde, que tan pronto se echaba el sombrero hácia la frente, como se lo dejaba caer hacia atrás, moviéndose casi contínuamente en la silla, en señal sin duda de impaciencia. Yo, que calculaba en qué vendrian á parar aquellas misas, no podia menos de reirme en mi interior. En esto asoman los actores por una puerta lateral de la derecha, clama la muchedumbre que rodea la valla exterior, todo el mundo fija sus miradas en el reluciente teatro, los artistas saludan con una profunda cortesía, permanecen un momento de pié, contemplando al público, como si quisiesen tomar posesion anticipada de su benevolencia, y despues de esta pantomima seductora toman asiento en sus respectivos sofás. Las hembras, vestidas de blanco, convertidas (por sus vestidos) en símbolos de la pureza y de la castidad, engalanan el sofá de la derecha, inmediato á la puerta de entrada, mientras que los varones van á ocupar el otro sofá de la izquierda, frente por frente del sofá de las damas.
—¿Empezará ya el canto? preguntó el brigadier.
—No, señor, respondí.
—Pues ¿por qué salen?
—Porque así lo tienen estipulado en sus contratas. Esto es parte de la funcion. Antes de empezar la tarea, tienen obligacion de exponerse al público, á fin de entretenerle con esta novedad, hasta que llegue la hora convenida.
—¿Cual es esa hora?
—Creo que las ocho.