—Es la célebre Plaza de la Concordia.

—¿Y por qué es célebre?

—Por dos grandes bautismos de sangre. Aquí, cuando apenas estaba concluida la Plaza, tuvieron lugar las fiestas públicas por el casamiento de María Antonieta con el Delfín, y la multitud aplastó en un dia á ciento treinta y dos personas. Aquí, sobre este suelo que pisamos, rodaron en el trascurso de tres años no cumplidos, mil quinientas cabezas de personajes célebres. Aquí se trasladó en el sangriento 23 de Agosto la guillotina, por órden del Consejo general de la Municipalidad de Paris, y esa guillotina, ese mónstruo bárbaro é insaciable, devoró las cabezas de Luis XVI, de María Antonieta, de Carlota Corday, de la Princesa Isabel, de Madama Roland, de los Girondinos, de Barnave, de Hebert, de Danton y de Robespierre. Si toda la sangre humana que aquí se ha derramado, brotase en este instante de las losas que pisan nuestras plantas, nos llegaria seguramente al cuello. Al decir yo esto, sucedió una cosa muy particular, que juré no echar en olvido al escribir este pasaje. La Plaza de la Concordia está profusamente iluminada, como que la alumbran ciento cuarenta y dos mecheros de gas; hacia luna, una luna muy clara, de modo que parecia que nos hallábamos al declinar la tarde. En el momento de pronunciar yo, que si la sangre derramada en la Plaza de la Concordia brotara de las piedras que pisábamos, nos ahogaría, un caballero y una señora pasaron muy cerca de nosotros, y al oir mis palabras la señora, se levantó el traje y anduvo de puntillas algunos pasos, como si temiera mancharse las botas y el vestido. Se lo hice notar al brigadier y al otro compañero, y todos celebramos la admirable ocurrencia de aquella señora, y la exquisita sensibilidad de la mujer. Debe presumirse que la señora en cuestion era paisana nuestra, puesto que entendió lo que hablábamos, y nosotros hablábamos en español.

Volviendo á la historia terrible de la Plaza, dije al brigadier: lo malo tiene la ventaja de que no es necesario que nadie lo extirpe: él tiene el encargo providencial de extirparse á sí mismo. La guillotina mató la guillotina; el terror mató al terror; la barbarie mató á sus hijos, como el Saturno de la Fábula, y concluyó por matarse á sí propia.

—¿Qué es aquella columna?

—El obelisco de Lougsor, cerca del Cairo, que sirvió de ornamento al palacio real de la famosa Tebas. Sus geroglíficos dicen que fué principiado bajo Rhamsés II, mil quinientos cincuenta años antes de la venida del Salvador, y concluido en el reinado de su hermano Rhamsés III, que la historia conoce bajo el nombre de Sesostris, que fué el rey más grande de todo Egipto, el rey más grande de toda el Asia. De modo que esa piedra tiene tres mil cuatrocientos trece años. Pesa próximamente…. ¿Cuánto dirán ustedes?

—¿Quién puede saberlo? contestaron al par mis interlocutores.

—Calculen ustedes poco más ó menos.

—¿Dos mil quinientos quintales? preguntó el compañero del brigadier.

—Más de cinco mil. Pesa muy cerca de veintitres mil arrobas.