—¿Y esa columna es de una sola pieza?

—Una sola pieza. De otra manera no seria obelisco.

—Pues señor, dijo el brigadier, difícilmente puede encontrarse un personaje de más peso y de más edad.

Dejé á mis compañeros en su fonda, y el carruaje me llevó á mi casa, en donde encontré á la amable familia americana, la misma que nos habia convidado á la tertulia de la calle de Lepelletier. Mi compañera estaba empeñada en que no habia de ir, y yo empeñado en que no se habia de quedar, y ¡gracias al cielo! esta vez no se cumplió el refran que dice: pídele á Dios que sea bajo! Hago aquí mencion de este triunfo de un marido, porque un hecho tan raro bien merece la pena de que se mencione.

—Es que yo no hablo una palabra en francés, ¿qué papel haré en la tertulia? Todos se reirán de mí….

—Mira, dije á mi compañera, Paris tiene la presuncion de ser el pueblo universal; España está dentro del universo, de modo que tú cumples hablando en español.

A las once y cuarto estábamos en la tertulia. Muchas sonrisas, muchos gestos, muchas contorsiones, muchas luces, muebles magníficos, un gusto refinado en todas partes, una comedia deliciosamente ejecutada. En cuanto al recibimiento que merecimos, nada puedo decir que no ceda en honor de aquella bondadosa y liberal familia. Mi pobre mujer estaba allí como raton en boca de gato, á despecho de su fecunda locuacidad. Una señora que estaba á su lado, la dirigió no sé qué pregunta en francés. Mi mujer contestó en castellano que no entendia; la otra la respondió en francés que no la comprendia tampoco, y despues de estas amigables explicaciones, ambas se miraron y movieron la cabeza, como si quedaran convencidas, sin embargo de que no habian comprendido una palabra.

Se bailó muy bien; se cantó mejor; se tocó á las mil maravillas. El arte, más severo nada hubiera podido objetar; pero no hallé otra cosa. He hecho propósito firme de no faltar á la verdad, ni aun por galantería, ni aun por gratitud. No encontré ese ambiente embalsamado, esa atmósfera vaporosa, esa idealidad inspirada, esa naturaleza rica, esos instintos poderosos: no encontré esa aura indefinible, el genio sencillo con que nos embelesa la sociedad italiana. ¡Qué bella es Roma, cuando se la mira desde Paris! Voy á hacer mérito de la risible extravagancia de una mujer de Batiñoles, que formaba parte de la tertulia. Esto no es hablar de Paris, ni de Francia, porque ni Francia ni Paris pueden tener culpa de que haya una vieja ridícula.

En segundo término del salon, como las últimas figuras de un cuadro, habia una señora con su hija, muchacha graciosísima que podria rayar en los quince ó diez y seis años. Un caballero preguntó á la madre cuándo se casaba la muchacha. La vieja se puso encarnada como un pavo.

—¡Casarse mi hija! exclamó con miedo y casi con cólera. ¡Qué delirio! Haga usted el favor de no hablar de amores y de casamientos á una niña, que no debe pensar en otra cosa que en vestir y desnudar muñecas. ¡Casarse! ¿Cómo quiere usted que se case esta mocosa? No, señor; yo no quiero engañar á ningun hombre. Mi hija no se casará un dia antes de los treinta años. Á los treinta años se casó su abuela, á los treinta años me casé yo, y si mi hija piensa otra cosa, puede hacer cuenta que no tiene madre.