Al decir esto, aproximaba su asiento al de la muchacha, como si temiera que alguno viniese á robársela. Pero advertí que mientras que la madre hablaba, la hija se reia. La vieja lo notó, y la tiró desabridamente del traje, y es muy probable que la sermoneara con algun pellizco, esos pellizcos afectuosos que las madres dan á las hijas.
El caballero quiso replicar…. ¡Aquí fué Troya! La vieja no sabia cómo estar sentada; sudaba; se llevaba las manos a la cabeza; paladeaba contínuamente, porque sin duda se le secaba la saliva en la boca.
—¡Nada! ¡nada! exclamaba fuera de sí. Treinta años cumplidos, y si falta un dia, no quiero. El caballero tuvo que mudar de conversacion, é hizo perfectamente, porque es seguro que si no deja el tema comenzado, hay en la tertulia un soponcio. Yo miraba á la vieja diciendo para mí: ¡qué imbecilidad! Luego miraba á la muchacha, y decia: ¡qué lástima!
Los lectores me permitirán que diga dos palabras sobre una curiosidad muy rara, sumamente rara, como teoría: muy comun, sumamente comun, como hecho. Quiero decir que está sucediendo á cada instante, y que tal vez no puede hallarse la razon de una experiencia tan repetida y tan trivial. Hé aquí la curiosidad de que hablo. Nadie ama á su hija como una madre; no hay un carácter más digno de veneracion, que el santo carácter de la maternidad. Pero no digo bien; la maternidad es más que carácter; es la virtud suprema, la suprema emocion de este mundo; es la grande heroicidad de la vida. Una madre es el héroe de todos los héroes, el mártir de todos los mártires. El héroe da su vida al sentimiento de la gloria; el mártir da su vida al sentimiento de la fe; pero cuando llega la hora de morir, mueren con dolor. La madre que muere por sus hijos, muere con placer. La madre mantendria á sus hijos con sus propias lágrimas. La madre tirita cuando ve que sus hijos tienen frio. Una madre murió en un lecho hediondo, lleno de harapos. En aquel lecho habia con ella dos criaturas. Cuando los vecinos entraron al dia siguiente, hallaron á la madre abrazada á sus hijos; los brazos helados de la muerta, tenian á las dos criaturas encadenadas contra su pecho, mientras que sus labios amoratados estaban tocando la frente de uno de los niños, porque sin duda alguna habia muerto arrojando el aliento sobre aquella frente, para calentarla con el hálito de su boca y de su corazon. Los niños vivian. Para arrancárselos á la mujer que ocupaba el lecho, fué necesario enderezar aquellos brazos rígidos, que tenia presas á las dos criaturas. Para arrancar esas criaturas á la mujer que ocupaba aquel lecho hediondo, fué necesario luchar con su cadáver. Aquella madre abrigó á sus hijos con su desnudez; los calentó con su propio frio, con el frio de la muerte. Esto es un prodigio, un milagro; pero la madre tiene el don celestial de hacer milagros y prodigios. Sobre una madre no hay nada en el mundo, nada absolutamente más que Dios. No se me puede tachar de indiferente, ó de descastado. Adoro á mi madre, adoro á todas las madres de la tierra; adoro á las madres, no á las ayas. ¡Misterio incomprensible! Esas madres que aman tanto á sus hijos, son las que causan más frecuentemente su perdicion. No hay ninguna cosa más temible para una hija, que el casamiento arreglado por una madre. No hay nada más expuesto á error, más expuesto á ser engañado, que el corazon de una mujer, cuando se trata de sus hijos. Basta que cualquier hombre mal intencionado aparente amor á su hija, para que la madre se embobe y lo eche todo á pique. Cree que va á labrar la felicidad de aquella criatura que tanto ama, y labra su desdicha con un afan que raya en frenesí. La madre tiene amor, no tiene juicio; tiene abnegacion, no tiene reserva; sabe criar á sus hijos en sus pechos, no sabe criarlos para el mundo; tiene el don divino de darles el sér; no tiene el don humano de darles la felicidad; SON MADRES, NO SON AYAS.
Figúrese el lector qué sucederá á la pobre muchacha de Batiñoles, con la manía que tiene embargada la cabeza de su madre. Tiene que casarse á los treinta años, á los treinta años cumplidos, y si falta un dia, la madre no quiere. ¿Cuántas luchas, cuántos sinsabores, cuántas amarguras no esperan á esa pobre hija? ¡Treinta años! Ahora tiene quince ó diez y seis. Y ¿si ama ya? Y ¿si hoy tiene ya una pasion? ¿Ha de esperar trece ó catorce años, para satisfacer el sentimiento más querido de su alma, la necesidad más irresistible de su corazon, la fantasía más grande con que la ha embellecido la Providencia? Y si despechada, al ver que contrarian el más profundo instinto de su existencia, huye de la casa que la vió nacer, y se pone en brazos de un hombre pérfido, como Luisa se puso en brazos del estudiante de Rodhese ¿la volverá su madre la honra y la dicha que ha perdido? ¡Madre insensata! ¿qué es lo que crees? ¿Crees que eres madre de tu hija, para sacrificarla á los caprichos de su madre y de su abuela? ¿Crees que tu hija ha de vivir con la vida especial de su abuela ó de su madre? ¿Crees que eres madre de tu hija, para encerrar en el canutero de tus agujas el sentimiento más grande y poderoso de la existencia, el encanto de todos los vivientes, el secreto de todas las familias, la lumbre que calienta todos los hogares, el ángel del mundo que arrulla el sueño, de todas las almas? ¿Crees que eres madre para poner ó para arrancar ese sentimiento del alma de tu hija, como quitas ó pones un garbanzo en tu olla, como clavas ó dejas de clavar tu aguja de coser en una costura? ¿Crees que el cielo te ha dado la dicha inmensa y el inmenso deber de ser madre, para disponer á tu antojo de la ventura de ese sér que criaste en tu seno, de quien has de dar cuenta á la familia, al mundo y á Dios? ¡No, madre indiscreta!
Dios no da privilegios para lo absurdo y lo ridículo. Dios no te ha dado la alteza, la soberana alteza de ser madre para que le pagues con la ruindad de hacer infeliz á tu hija.
Suplico á las hijas que se hagan cargo que no hablo con ellas; figúrense que no han leido nada; fórmense la ilusion de que estas páginas están en blanco. No hablo con las hijas, sino con las madres.
Voy á dar un consejo á los padres, porque á los padres toca el gobierno de los grandes intereses de su casa; por consecuencia, el gobierno de sus hijos, puesto que un hijo es el interés capital de la familia.
Cuando tu hija ame y sea amada, no mediando peligro en el casamiento, no te opongas á que se case. Sobre todo, no te opongas, alegando por causa los pocos años de la novia. Semejante causa no es verdadera, ni legítima. Semejante causa es muchas veces la preocupacion vulgar de que se vale tu egoismo, porque amas á tu hija, y no tienes bastante abnegacion para sacrificar tu amor á su felicidad. La mujer, tu hija, es capaz de casarse, desde luego que es capaz de amar á quien ha de ser su marido, y un padre sensato no debe pretender legislar esto de otro modo. La naturaleza, Dios, te ha ahorrado este trabajo, porque legislar estas cosas tocaba á Dios, y un padre sensato debe calcular que la Providencia sabe más que él. Y léjos de evitar que tu hija se case jóven, debes procurar con mucho cuidado que no se case vieja. ¿Por qué? Por cuatro razones capitales.
1.ª Casándose tu hija jóven, es más apta para la generacion, en lo cual gana la sociedad, y tiene que correr muchos menos peligros al ser madre, en lo cual gana ella. De las veinte mujeres que se casan á cierta edad, las once sucumben cuando dan á luz la primera criatura.