2.ª Casándose jóven tu hija, aun cuando muera á una edad mediana, dejará educados á sus hijos; cuando menos, á los mayores, que podrán encargarse de la educacion y del porvenir de los pequeños, pudiendo morir con la indecible satisfaccion de que deja en el mundo una familia. Por el contrario, las que se casan tarde, no pueden vivir lo preciso para dejar á un hijo establecido y colocado, de donde resulta frecuentemente que los huérfanos tienen que ser presa de los hospicios, de los hospitales; de la miseria, de la ignorancia y del vandalismo. Si pudiéramos ver la historia secreta de todos los hechos sociales ¡cuántas lecciones hallaríamos! ¡Cuántos escarmientos vendrian á castigar nuestras imprudencias! ¡Cuántos desgraciados habrán subido las gradas del patíbulo, por las extravagancias de sus madres, madres como esa madre de Batiñoles!
3.ª Casándose jóven tu hija, satisfaciendo á tiempo la necesidad más imperiosa y más sagrada de su corazon, no puede ser víctima, como lo son tantas mujeres, de una pasion contrariada, de un amor combatido y tiranizado. Pero aunque su virtud se conserve pura, aunque no halle su perdicion y su deshonra en un mar de lágrimas y de desdichas; aunque tenga el necesario desprendimiento de sí misma para sacrificarse, ¿por qué razon ha de sacrificarse esa criatura? ¿Por qué razon ha de ser su padre quien la sacrifique? ¿Por qué ese martirio sin gloria? Tu hija ama á los diez y seis años, y tú te empeñas en que ha de casarse á los treinta cumplidos. ¿Quién llena ese vacío de catorce años? ¿Quién premia esa lucha? ¿Quién compensa ese sacrificio y esa agonía? ¿Y si tu hija enferma, quién la volverá su salud? ¿Y si se muere, quién la arrancará de su sepulcro?
4.ª Casándose jóven tu hija, se atempera con mucha menos dificultad al carácter y á las costumbres de su marido; y con mucha menos dificultad puede recibir esta segunda educacion, infinitamente más peligrosa, más difícil y más importante que la primera. ¿Crees tú, padre de tu hija, que tú sólo la educas? Estás en un error gravísimo. Tú la educas para la sociedad, para la familia, para todo el mundo. Su marido tiene que educarla luego para él. Tú haces con tu hija, lo que hace el sastre que confecciona un traje para el primer parroquiano que salga. Luego que el parroquiano se presenta, se pone el traje, y va designando al maestro en dónde le está estrecho, en dónde le está ancho, en dónde le hace arrugas, porque no quiere un traje que le haga arrugas, ni que le esté ancho, ni que le esté estrecho. Tú, padre de tu hija, haces un traje sin tomar la medida de tu yerno; tu yerno ha de ajustárselo despues, y esta segunda hechura es una medida que tiene más peligros, porque el nuevo sastre no cuenta con toda la tela, sino con la tela que tiene el vestido que le dan, con la tela que tú le has dado. Y ¿qué cristiano educa á una mujer, endurecida en sus costumbres, en sus hábitos, en sus vicios y preocupaciones? ¿Qué cristiano educa á una mujer de treinta años, como la abuela de la muchacha de Batiñoles? Más fácil es enderezar á un roble de cien años, que á una mujer de quince. ¿Quién será tan necio que eche sobre sí el andar á pleitos con una de treinta? ¡Ay! Aún siendo jóven, aún sin tener conciencia cabal de sí propia, en el período inocente de la generosidad y del amor, aún en la aurora de la vida, entre los alegres albores del amanecer, pasa lo que Dios sabe: ¿qué no pasará, cuando la mujer se ha explicado á su modo el mundo en que vive; cuando está celosa y enamorada dé sus ideas, de sus opiniones y de sus hábitos, como de su pelo, de sus ojos ó de su vestido?
En favor de la teoría contraria no hay ninguna verdadera razon. En abono de la teoría que defiendo, existen, sin esforzar mucho el asunto, las cuatro razones que acabo de exponer. Encargo á los padres que mediten despacio sobre este consejo, dado á la ligera; pero que es fruto de una contínua y madura observacion, no desmentida nunca por la geometría infalible de la vida, por la experiencia.
Voy á terminar este dia con algunas curiosidades.
Primera curiosidad. Un amigo nos ha referido lo que oyó en Sevilla, á un hombre y á una mujer del pueblo. Es el caso que una mujer, jóven y hermosa, pasaba por cierto lugar. Un hombre se aproxima á ella, y la dice: oiga usted, cuando ese cuarto se desalquile, puede avisarme, porque yo lo quiero habitar.
—Sí, señor, contestó con mucho reposo la mujer. Cuando usted guste, puede pasarse por mi casa, que mi marido le entregará la llave.
¿Qué retórico, por sábio que fuera, escribiria una alegoría más vigorosa, más bien expresada, más significativa, sin dejar de ser decorosa y honesta?
Segunda curiosidad. Un periódico literario de Paris hace tres preguntas, á fin de que los suscritores curiosos se las contesten.
Primera. ¿Qué es lo más temible de este mundo?